Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Animarse a volar...


«Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.» — Jorge Bucay

Muchas veces guardamos en nuestro interior talentos y sueños que no nos atrevemos a desplegar por miedo al vacío o a la mirada de los demás. Buscar seguridades a medias es como intentar desplegar las alas sin despegar los pies de la tierra: para descubrir de lo que somos capaces, debemos asumir la valentía de mirar de frente al abismo y confiar en nuestro propio potencial.

Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:

—Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas.

—Pero yo no sé volar —contestó el hijo.

—Ven —dijo el padre.

Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.

—Ves, hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Solo debes pararte aquí, respirar profundo y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...

El hijo dudó.

—¿Y si me caigo?

—Aunque te caigas no morirás, solo algunos machucones que te harán más fuerte para el siguiente intento —contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.

Los más pequeños de mente dijeron: —¿Estás loco? —¿Para qué? —Tu padre está delirando... —¿Qué vas a buscar volando? —¿Por qué no te dejas de pavadas? —Y además, ¿quién lo necesita?

Los más lúcidos también sentían miedo: —¿Será cierto? —¿No será peligroso? —¿Por qué no empiezas despacio? —En todo caso, prueba tirarte desde una escalera. —...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó... Desplegó sus alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra.

Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:

—¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di! No soy como tú. Mis alas son de adorno... —lloriqueó.

—Hijo mío —dijo el padre—. Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar. Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. Si uno no quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

(Cuento de Jorge Bucay)

Reflexión final:

Este cuento es una poderosa metáfora sobre el verdadero precio del crecimiento personal y la valentía de confiar en nuestro propio potencial. Tener «alas» —metáfora de nuestros talentos, sueños y vocación— no sirve de nada si elegimos la comodidad de lo conocido o nos dejamos guiar por los temores de quienes prefieren caminar a ras de suelo.

El chichón en la frente del joven nos enseña que los atajos y las medias tintas no funcionan cuando se trata de alcanzar metas profundas. Saltar desde la copa de un árbol representa el intento a medias, el buscar seguridad donde no la hay; para que las alas verdaderamente sostengan el vuelo, es imprescindible el espacio, el abismo y la valentía de asumir el riesgo completo. Los fracasos intermedios y las caídas no son pruebas de incapacidad, sino pequeñas lecciones que nos fortalecen para el siguiente intento.

Al final, la enseñanza más valiosa es que volar requiere perspectiva y la audacia de soltar la orilla. Vivir con miedo a caer implica resignarse a caminar para siempre, mientras que atreverse al abismo es la única forma de descubrir la inmensidad del cielo que llevamos dentro.

Detrás de la imagen: 

Mirando el abismo

El vértigo y el abismo: La inmensa profundidad del cañón representa el riesgo y la incertidumbre que todos sentimos ante un cambio importante o al intentar algo nuevo. Es el miedo al fracaso, pero también es el «espacio de aire libre» necesario para desplegar el propio potencial.

La figura del padre: Su postura firme y el brazo extendido simbolizan la guía, la experiencia y la sabiduría. Él no está allí para empujar, sino para señalar la oportunidad y dar el aliento necesario para realizar el salto de fe.

El hijo y sus alas: La pequeña silueta del hijo, con las alas aún plegadas frente a la inmensidad, representa el potencial latente que todos llevamos dentro, ese talento que a menudo permanece inactivo hasta que decidimos arriesgarnos.

Los tonos fríos y la noche: La paleta de azules y el resplandor de la luna no solo evocan la noche y la vastedad del cielo, sino que también transmiten una atmósfera de introspección, soledad y la quietud necesaria para tomar las grandes decisiones de la vida.


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