Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Las etapas de la vida


Cerrar una etapa no significa borrar lo vivido, sino aceptar que ha llegado el momento de seguir caminando.

Hay momentos en los que sabemos que algo ha terminado, pero aun así nos cuesta dejarlo atrás. Volvemos una y otra vez a lo ocurrido, buscamos explicaciones y nos preguntamos qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Quizá cerrar una etapa no consista en encontrar todas las respuestas, sino en aprender a aceptar que algunas historias simplemente llegan a su final.


Cerrar una etapa no significa borrar lo vivido, sino aceptar que ha llegado el momento de seguir caminando.

Hay momentos en los que sabemos que algo ha terminado, pero aun así nos cuesta dejarlo atrás. Volvemos una y otra vez a lo ocurrido, buscamos explicaciones y nos preguntamos qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Quizá cerrar una etapa no consista en encontrar todas las respuestas, sino en aprender a aceptar que algunas historias simplemente llegan a su final.

La vida está llena de etapas. Algunas las elegimos nosotros y otras llegan sin pedirnos permiso. Cambiamos de trabajo, dejamos una casa, terminamos una relación, nos alejamos de una amistad o descubrimos que aquello que durante mucho tiempo fue importante para nosotros ya no ocupa el mismo lugar.

Y no siempre es fácil aceptarlo.

A veces nos quedamos mirando hacia atrás, intentando entender qué pasó, qué hicimos mal o qué podríamos haber hecho de otra manera. Revisamos conversaciones, recordamos momentos y construimos una y otra vez ese «y si…» que nunca termina de llevarnos a ninguna parte.

Pero hay un momento en el que necesitamos dejar de buscar respuestas en un lugar al que ya no podemos regresar.

Lo que ocurrió forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué seguir dirigiendo nuestro presente.

Cerrar una etapa tampoco significa negar lo vivido. No tenemos que borrar fotografías, tirar todos los recuerdos ni fingir que aquello nunca existió. Podemos conservar lo bonito, reconocer lo que aprendimos y aceptar incluso aquello que nos hizo daño, sin necesidad de seguir viviendo dentro de ello.

A veces los cambios que hacemos fuera nos ayudan también a ordenar lo que llevamos dentro. Cambiar una habitación, guardar unas cartas, regalar cosas que ya no necesitamos o simplemente dejar de visitar determinados lugares puede ser una manera de decirnos a nosotros mismos que estamos preparados para avanzar.

Pero lo más importante ocurre por dentro.

Porque podemos cambiar de casa y seguir viviendo en el pasado. Podemos tirar todos los recuerdos y continuar aferrados a ellos. Podemos cerrar una puerta físicamente y mantenerla abierta en nuestra cabeza durante años.

Soltar es otra cosa.

Soltar es aceptar que quizá aquella persona ya no forma parte de nuestra vida.

Que aquel trabajo terminó.

Que aquella casa pertenece a otra etapa.

Que aquella amistad cambió.

Que nosotros mismos tampoco somos quienes éramos entonces.

Y esto último quizá sea lo que más nos cuesta comprender.

Cuando intentamos regresar a un lugar del pasado, muchas veces no estamos intentando volver realmente a ese lugar, sino a la persona que éramos cuando estuvimos allí. Pero esa persona ya ha cambiado. Ha vivido, ha aprendido, ha sufrido, ha conocido a otras personas y ha recorrido caminos que entonces ni siquiera imaginaba.

Por eso algunas puertas necesitan cerrarse, no desde el rencor ni desde el orgullo, sino desde el reconocimiento de que ya no somos los mismos.

Cerrar una etapa no significa decir que todo fue un error.

Significa poder decir: Formó parte de mi vida, pero ahora necesito seguir.

Hay cosas que no tendremos la oportunidad de aclarar. Palabras que nunca llegaremos a decir y preguntas que quizá se queden sin respuesta. Y aunque nos gustaría tener una explicación para todo, la vida no siempre nos la ofrece.

Aprender a vivir también consiste en aceptar esa incertidumbre.

No podemos permanecer para siempre esperando que alguien vuelva, que nos reconozca, que nos pida perdón o que comprenda algún día aquello que sentimos. Hay veces en las que la paz empieza precisamente cuando dejamos de esperar.

Y entonces podemos mirar hacia delante.

No para olvidar, sino para hacer espacio.

Porque cuando nuestras manos están ocupadas sujetando aquello que ya se fue, resulta mucho más difícil recibir lo que todavía está por llegar.

Quizá por eso cerrar una etapa sea también una forma de cuidarnos.

Devolverle espacio a nuestra vida.

Respirar un poco más tranquilos.

Dejar de alimentar conversaciones que solo existen en nuestra cabeza.

Aceptar que algunas personas tienen un lugar en nuestros recuerdos, pero ya no en nuestro presente.

Y seguir.

No siempre será fácil. Habrá días en los que volveremos a echar de menos aquello que dejamos atrás. Pero echar de menos no significa que debamos regresar. A veces simplemente significa que algo fue importante para nosotros.

Y podemos agradecerlo sin volver.

La vida sigue cambiando, nos guste o no. Nada permanece exactamente igual, y nosotros tampoco.

Por eso, cuando llegue el momento de cerrar una puerta, intentemos hacerlo sin odio, sin resentimiento y sin necesidad de tener la última palabra.

Cerremos con gratitud por lo vivido, con serenidad por lo aprendido y con confianza en lo que todavía nos queda por vivir.

Porque algunas puertas no se cierran para dejarnos fuera de algo.

Se cierran para que podamos abrir otras.

Y quizá un día, cuando miremos hacia atrás, comprendamos que aquella despedida que tanto nos dolió también fue el comienzo de una nueva etapa de nuestra vida.

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