Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


El árbol de los problemas


Hay preocupaciones que pesan mucho menos cuando aprendemos dónde dejarlas.

A veces llegamos a casa cargados con todo lo que nos ha ocurrido durante el día y, sin darnos cuenta, hacemos que nuestras preocupaciones entren también por la puerta. Esta pequeña historia nos recuerda que aprender a dejar fuera aquello que no podemos resolver en ese momento también es una forma de cuidarnos.


Hay preocupaciones que pesan mucho menos cuando aprendemos dónde dejarlas.

Aquel día había sido especialmente difícil para el carpintero.

Una de sus herramientas eléctricas había dejado de funcionar y le había hecho perder buena parte de la mañana. Después, cuando ya pensaba que lo peor había pasado, su viejo vehículo decidió que tampoco tenía intención de colaborar.

Había terminado la jornada cansado, con las manos llenas de polvo y la cabeza llena de cosas pendientes.

Cuando se ofreció a llevarlo a casa, apenas habló durante el camino.

Al llegar, antes de entrar, se quedó unos segundos frente a un pequeño árbol que crecía junto a la puerta.

Se acercó a él y pasó lentamente las manos por sus ramas, como si estuviera dejando allí algo invisible.

Después abrió la puerta.

Y algo cambió.

La expresión seria que había llevado durante todo el trayecto desapareció.

Sonrió.

Saludó con cariño a su familia, abrazó a sus hijos y se acercó a su esposa para darle un beso.

Por un momento parecía otro hombre.

Más tarde, cuando volvieron a salir hacia el vehículo, la curiosidad pudo más que él.

—Antes de entrar hiciste algo extraño con ese árbol. ¿Qué estabas haciendo?

El carpintero sonrió.

—Es mi árbol de los problemas.

—¿Tu árbol de los problemas?

—Sí.

Se quedó mirándolo unos instantes antes de continuar.

—Durante el día aparecen muchas cosas que me preocupan: trabajos que salen mal, herramientas que se estropean, cosas que no puedo controlar, decisiones que tengo que tomar... Algunas puedo resolverlas y otras tendrán que esperar.

Hizo una pequeña pausa.

—Pero aprendí hace tiempo que no quiero llevar todos esos problemas conmigo cuando entro en casa.

Señaló el árbol.

—Así que, antes de entrar, imagino que dejo aquí todo aquello que pertenece al día. No significa que los problemas desaparezcan. Solo significa que, por unas horas, decido no llevarlos conmigo.

—¿Y por la mañana?

El carpintero volvió a sonreír.

—Por la mañana los recojo.

—¿Y funciona?

—Curiosamente, sí.

—¿Cómo puede ser?

—Porque cuando vuelvo a buscarlos, algunos siguen ahí... pero otros ya no parecen tan grandes como la noche anterior.

Ambos guardaron silencio.

El carpintero miró hacia su casa, donde se escuchaban las voces de su familia.

—Supongo que cuando descansamos la cabeza, algunas preocupaciones encuentran por sí solas el lugar que les corresponde.

Y entró en casa.

El pequeño árbol siguió allí, junto a la puerta.

Esperando cada noche que alguien dejara bajo sus ramas aquello que, por unas horas, necesitaba dejar de cargar.


Reflexión final: 

No siempre podemos evitar los problemas.

Hay días en los que las cosas salen mal, recibimos una noticia que no esperábamos o simplemente sentimos que llevamos demasiado tiempo intentando sostenerlo todo.

Y quizá no podamos solucionar aquello que nos preocupa en ese mismo momento.

Pero sí podemos aprender algo importante:

no todo lo que pesa tiene que acompañarnos a todas partes.

Hay preocupaciones que necesitan una solución.

Otras necesitan tiempo.

Y algunas necesitan, sencillamente, que dejemos de darles vueltas durante unas horas.

Porque cuando llevamos los problemas del trabajo a casa, los que pertenecen al pasado al presente y los del mañana a este momento, terminamos viviendo varios días difíciles a la vez.

Quizá todos necesitemos nuestro propio árbol.

Un lugar —real o imaginario— donde dejar por un rato aquello que no podemos resolver.

No para olvidarlo.

No para fingir que no existe.

Simplemente para descansar.

Para poder abrazar a quien queremos.

Para disfrutar de una conversación.

Para tomar una taza de té en silencio.

Para mirar por una ventana y recordar que, aunque hoy haya nubes, el cielo sigue estando ahí.

Y mañana, cuando volvamos a recoger nuestros problemas, quizá alguno siga esperando.

Pero tal vez descubramos que ya no pesa tanto.

Porque también hay una forma de resolver los problemas que consiste en darles un poco de tiempo.

Y, sobre todo, en recordar que nosotros somos mucho más que aquello que nos preocupa.



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