Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


El Manzano

El peligro de amar en una sola dirección

A lo largo de la vida, existen refugios incondicionales que nos lo dan todo sin pedir nada a cambio. Sin embargo, el peligro de la incondicionalidad es que, si no aprendemos a ser agradecidos, podemos terminar desgastando aquello que nos sostiene.

Hace mucho tiempo existía un enorme manzano. Un niño lo apreciaba mucho y, día tras día, jugaba a su alrededor. Trepaba por su corteza, se alimentaba de sus frutos y descansaba bajo su sombra. El niño amaba al árbol, y el árbol encontraba su felicidad en la simple compañía del pequeño.
Pero el tiempo siguió su curso inevitable. El niño creció, sus intereses cambiaron y dejó de frecuentar aquel rincón verde. El árbol quedó en silencio, extrañando las risas del pasado.
Un día, el joven regresó. El árbol, con las ramas vibrando de entusiasmo, le dijo:
—¿Vienes a jugar conmigo?
—Ya no soy el niño de antes —contestó el muchacho—. Ahora quiero juguetes y necesito dinero para comprarlos.
—Lo siento, no tengo dinero —respondió el árbol—. Pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás lo que buscas.
El joven, ilusionado, despojó al árbol de sus frutos, obtuvo su dinero y se marchó. El árbol fue feliz al serle útil, pero el aislamiento regresó. El joven no volvió en años.
Mucho tiempo después, el chico, convertido ya en un hombre, regresó con el peso de las responsabilidades sobre los hombros. El árbol se iluminó de nuevo:
—¿Vienes a jugar conmigo?
—No tengo tiempo para juegos —replicó el hombre—. Debo mantener a mi familia y necesito una casa para ellos. ¿Puedes ayudarme?
—No tengo una casa que darte —dijo el árbol—. Pero puedes cortar mis ramas y construir un hogar con ellas.
El hombre cortó cada una de sus ramas, dejando al árbol desnudo. Una vez más, el árbol sonrió al ver que aliviaba la carga de quien tanto quería. Sin embargo, el hombre volvió a desaparecer.
Pasaron las décadas. En un cálido día de verano, el hombre —ahora maduro y cansado— regresó.
—Usa mi tronco —le ofreció el árbol antes de que el hombre hablara—. Construye un bote, navega lejos y descansa.
El hombre taló el tronco, construyó su embarcación y se alejó por los océanos durante un largo periodo de su vida.
Finalmente, un anciano debilitado y de paso lento regresó al claro del bosque. El árbol, reducido a un simple tocón a ras de suelo, le dijo con tristeza:
—Lo siento mucho, pero ya no me queda nada que darte. No tengo manzanas, ni ramas, ni tronco...
—Ya no tengo dientes para morder, ni fuerzas para escalar —respondió el anciano—. Solo estoy cansado. Necesito un lugar tranquilo para sentarme y descansar.
Entonces el árbol, conmovido, se irguió lo que pudo y dijo:
—Las viejas raíces son el mejor lugar para recostarse. Ven, siéntate conmigo y descansa.
El anciano se sentó y el árbol, en su entrega final, volvió a sonreír.
Reflexión final: 
Esta historia funciona como un espejo incómodo sobre la naturaleza de nuestras relaciones más profundas, ya sean nuestros padres, mentores o esos amigos incondicionales que están en el origen de nuestro camino.
Cuando somos jóvenes y vulnerables, recurrimos a ellos de forma natural. Sin embargo, al entrar en la vorágine de la vida adulta —el dinero, el estatus, el trabajo y las metas personales—, es fácil caer en una dinámica puramente utilitaria: solo regresamos cuando necesitamos algo. Buscamos su apoyo, su tiempo o sus recursos, y una vez aliviada nuestra necesidad, nos volvemos a marchar.
El manzano no representa la obligación de vaciarnos por los demás, sino un recordatorio para quienes reciben. No esperes a que las personas que te aman se queden sin ramas o sin tronco para valorar su presencia. El crecimiento personal también consiste en aprender a volver, no para pedir, sino simplemente para agradecer, acompañar y estar presentes antes de que el tiempo agote las raíces de lo que un día nos dio sombra.

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