Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


La belleza de los pedazos rotos

 Por qué las grietas no nos hacen más débiles 

 Nos han enseñado a esconder los golpes. A tapar los arañazos cotidianos con una sonrisa ensayada y a fingir que estamos enteros, impecables, como si la vida no nos hubiera rozado nunca. Sin embargo, hay una dignidad inmensa en las marcas del camino 

 En Japón existe una tradición centenaria nacida en el silencio de los talleres de cerámica. Lo llaman Kintsugi. 

 Cuando una taza valiosa o un jarrón querido se caen al suelo y se hacen añicos, los artesanos no los tiran a la basura. Tampoco buscan un pegamento transparente para disimular la rotura y hacer como si nada hubiera pasado. En su lugar, recogen los fragmentos con paciencia y los vuelven a unir utilizando una resina especial espolvoreada con oro puro, plata o platino.

 Cuenta una vieja leyenda oriental que esta técnica nació cuando un viejo shogun envió a reparar un tazón de té que apreciaba mucho. Cuando se lo devolvieron con unas grapas de metal feas y toscas, un artesano local decidió que el dolor de ese objeto merecía un trato más respetuoso. Pensó que una herida no debía ser un motivo de vergüenza, sino el inicio de una historia nueva. 

 Al terminar el proceso de kintsugi, el objeto ya no es el mismo. Las líneas doradas cruzan la cerámica como relámpagos atrapados en la arcilla. La pieza no ha vuelto a su estado original, pero ahora es única. Sus cicatrices la han vuelto mucho más fuerte que antes de caerse, y su valor en el mercado se multiplica. Ya no es solo un tazón; es un superviviente. 

 A veces nos miramos por dentro y solo vemos zonas agrietadas. Un desengaño, una pérdida, ese proyecto que se desmoronó cuando más falta nos hacía o una etapa de la vida que nos rompió los esquemas por completo. 

 El instinto nos pide esconder esas costuras. Nos da miedo que los demás las vean y nos juzguen defectuosos o frágiles. Pero la verdadera madurez espiritual —aquella que entiende el dolor del mundo sin perder la esperanza— consiste en dejar de esconder los pedazos rotos. 

 No eres menos valioso por haberte quebrado en el suelo. Cada una de tus grietas cuenta la historia de cómo te levantaste, de cómo encontraste el hilo de oro para recomponerte y seguir adelante. Esas marcas no te hacen imperfecto; te hacen real. 

 Al final, la luz solo puede entrar en nosotros si encuentra una grieta por donde pasar.

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