
Hay cosas que solo comprendemos después de haberlas vivido.
Con los años empiezas a descubrir que dar una mano no siempre significa salvar a alguien. Hay momentos en los que una persona no necesita que le solucionemos la vida, sino simplemente que permanezcamos a su lado.
También aprendes que amar no significa apoyarse hasta perderse uno mismo, y que estar acompañado no siempre significa sentirse seguro. Los besos no son contratos, los regalos no son promesas y las palabras, por bonitas que sean, necesitan estar acompañadas de hechos.
Aprendes a aceptar algunas derrotas sin agachar la cabeza. No porque no duelan, sino porque comprendes que perder algo no significa haberlo perdido todo.
Y empiezas a mirar más al día de hoy. El mañana siempre tendrá algo de incertidumbre y quizá por eso no tenga demasiado sentido intentar dibujarlo por completo. Podemos hacer planes, claro que sí, pero también necesitamos dejar un pequeño espacio para aquello que la vida decida sorprendernos.
Con el tiempo descubres que no todo el mundo va a valorarte como esperas, y que eso no significa que tengas menos valor. Hay personas a las que no les importaremos y otras que, aun queriéndonos, nos harán daño alguna vez. Somos humanos. Nos equivocamos, decimos cosas que no deberíamos y, en ocasiones, herimos precisamente a quienes más queremos.
Por eso aprendes a perdonar.
A los demás, cuando puedes.
Y también a ti mismo.
Aprendes que hablar puede aliviar dolores que llevábamos demasiado tiempo guardando. Que la confianza puede tardar años en construirse y desaparecer en unos segundos. Que hay decisiones que tomamos en un instante y que después tardamos mucho tiempo en comprender.
Y descubres algo hermoso sobre la amistad: que la distancia no siempre consigue separarnos. Hay amigos con los que podemos pasar meses sin hablar y, cuando volvemos a encontrarnos, parece que el tiempo no hubiera pasado.
Porque los buenos amigos no necesitan estar presentes todos los días para seguir formando parte de nuestra vida.
Con ellos podemos hablar durante horas o permanecer en silencio. Podemos hacer grandes planes o simplemente compartir una tarde sin hacer nada especial. Y quizá eso sea precisamente lo bonito: sentir que no tenemos que demostrar nada para poder estar juntos.
También aprendes a valorar más a las personas que quieres. Porque nunca sabemos cuánto tiempo tendremos para compartir con ellas.
Por eso merece la pena decir “te quiero”.
Dar un abrazo.
Agradecer.
Pedir perdón.
Decir una palabra bonita cuando todavía estamos a tiempo de hacerlo.
La vida también te enseña que las circunstancias influyen en nosotros, pero que no pueden decidirlo todo. No siempre elegimos lo que nos sucede, pero sí podemos intentar elegir qué hacemos con ello.
Aprendes a no compararte tanto con los demás. Cada persona lleva su propio camino, sus propias heridas y sus propias batallas. Quizá la única comparación que tenga sentido sea con quien fuimos ayer.
Y entonces comprendes que convertirse en la persona que uno desea ser lleva tiempo.
Mucho tiempo.
A veces incluso una vida entera.
Pero no importa solamente cuánto hemos recorrido. También importa hacia dónde queremos seguir caminando. Porque cuando no sabemos qué buscamos, cualquier camino puede parecernos bueno.
Aprendes a cuidar tus actos y tus palabras. A descubrir que ser flexible no significa carecer de carácter, y que cambiar de opinión cuando aprendemos algo nuevo no nos hace débiles.
La paciencia también se aprende.
Y vaya si se aprende.
Hay personas de las que esperábamos una mano que terminan dándonos la espalda, y otras de las que no esperábamos nada que aparecen precisamente cuando más las necesitamos.
Eso también forma parte de crecer.
Porque la madurez no tiene tanto que ver con los años que cumplimos como con aquello que hacemos con lo que hemos vivido.
Aprendes a mirar a tus padres de otra manera y a descubrir cuánto de ellos vive en ti. Aprendes también a cuidar los sueños de los niños, porque pocas cosas hacen tanto daño como convencer a alguien, cuando todavía está aprendiendo a imaginar, de que sus sueños son imposibles.
Y cuando estás enfadado, aprendes algo importante: tienes derecho a sentir tu enfado, pero eso no te da derecho a hacer daño.
También descubres que no todas las personas saben querer de la misma manera. Algunas sienten muchísimo y, sin embargo, no saben expresarlo. Otras necesitan aprender a demostrar aquello que llevan dentro.
Eso no significa que tengamos que conformarnos con cualquier forma de amor, pero sí que podemos intentar comprender antes de juzgar.
Y quizá una de las lecciones más difíciles sea esta: no siempre basta con que alguien nos perdone. A veces necesitamos aprender a perdonarnos nosotros mismos.
Porque podemos pasar muchos años castigándonos por errores que ya no podemos cambiar.
Y mientras nosotros seguimos mirando hacia atrás, la vida continúa.
No podemos detener el tiempo ni volver a colocar las piezas exactamente donde estaban.
Lo que sí podemos hacer es recogerlas y construir algo nuevo con ellas.
Quizá eso sea aprender de verdad.
No convertirnos en personas que nunca caen, nunca se equivocan o nunca sienten miedo.
Sino descubrir que podemos levantarnos.
Que podemos volver a confiar, aunque alguna vez nos hayan decepcionado.
Que podemos volver a querer, aunque alguna vez nos hayan roto el corazón.
Que podemos empezar otra vez, incluso cuando creíamos que ya no teníamos fuerzas.
Porque la vida nos va cambiando poco a poco. Y, cuando miramos atrás, quizá descubramos que algunas de las cosas que más nos hicieron sufrir también nos enseñaron de qué estábamos hechos.
Aprende.
No para ser perfecto.
No para tener siempre razón.
Aprende para conocerte, para cuidar mejor a quienes quieres y para caminar con un poco más de serenidad.
Y cuando llegue ese momento en el que pienses que ya no puedes más, recuerda todo lo que has superado hasta llegar aquí.
Quizá todavía puedas dar un paso.
Y después otro.
Porque a veces somos mucho más fuertes de lo que llegamos a imaginar.
El tiempo nos enseña, a veces con ternura y otras a fuerza de golpes, aquello que nadie podía explicarnos.





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