No siempre podemos cambiar lo que nos ocurre, pero sí podemos elegir la mirada con la que lo afrontamos.
Hay días en los que basta con mirarnos al espejo para encontrar algo que no nos gusta.
Una arruga que ayer parecía no estar.
Una cana nueva.
Un cabello que ha decidido marcharse por su cuenta.
Y podemos enfadarnos con el espejo…
O podemos sonreírle.
Eso fue precisamente lo que hizo aquella mujer.
Una mañana se levantó, se acercó al espejo y descubrió que apenas le quedaban tres cabellos.
Los observó durante unos segundos y, en lugar de lamentarse, pensó:
—Bueno… con tres todavía puedo hacerme una trenza.
Y se la hizo.
Aquel día salió de casa con una sonrisa y terminó teniendo un día estupendo.
A la mañana siguiente volvió a mirarse.
Solo quedaban dos cabellos.
Los miró con cierta sorpresa y volvió a pensar:
—Entonces hoy probaré con la raya en medio.
Y así lo hizo.
También aquel día encontró motivos para sonreír.
Al día siguiente quedaba solamente uno.
La mujer se quedó contemplándolo y dijo:
—Pues hoy toca una pequeña coleta.
Y salió de casa dispuesta a disfrutar de su día.
Hasta que llegó la siguiente mañana.
Se miró al espejo y descubrió que ya no quedaba ni un solo cabello.
Por un instante permaneció en silencio.
Después sonrió.
—¡Qué maravilla! —dijo—. Hoy no tendré que perder tiempo pensando cómo peinarme.
Y comenzó su día.
Quizá lo más extraordinario de aquella mujer no era que supiera encontrar un peinado diferente cada mañana.
Lo verdaderamente extraordinario era que había aprendido a no dejar que aquello que estaba cambiando en su vida le robara aquello que todavía podía disfrutar.
No podía decidir cuántos cabellos tendría.
Pero sí podía decidir qué hacer con los que quedaban.
No podía detener el paso del tiempo.
Pero podía seguir encontrando razones para sonreír mientras el tiempo pasaba.
Y quizá ahí estaba su verdadera sabiduría.
Hay cosas que llegan a nuestra vida sin pedir permiso.
El tiempo cambia nuestro cuerpo, las circunstancias cambian nuestros planes y algunas personas o situaciones que creíamos permanentes terminan tomando otro camino.
No siempre podemos elegir lo que sucede.
Pero hay algo que, dentro de nuestras posibilidades, sí podemos cuidar: la mirada con la que decidimos contemplarlo.
Eso no significa fingir que todo está bien cuando no lo está.
Ni obligarnos a sonreír cuando tenemos ganas de llorar.
También necesitamos nuestros días grises.
Significa recordar que una circunstancia difícil no tiene por qué ocupar todo el espacio de nuestra vida.
Podemos estar pasando por una tormenta y, aún así , encontrar un pequeño resquicio por donde entre la luz.
Una conversación.
Una taza de café.
Una canción.
Una persona que nos quiere.
Una mañana tranquila.
Una pequeña cosa que nos devuelva por un instante las ganas de seguir.
Quizá la vida se parezca un poco a un cuadro.
No elegimos todos los colores que aparecen en él.
Hay días oscuros, pinceladas inesperadas y momentos que querríamos borrar.
Pero todavía podemos decidir qué otros colores añadimos.
Porque, al final, no siempre pintamos el mundo con lo que nos sucede, sino también con aquello que llevamos dentro.
Y tal vez la verdadera sabiduría consista en aprender a mirar nuestra vida con un poco más de ternura.
Incluso cuando el espejo nos cuente una historia diferente de la que esperábamos.





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