Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


A cierta edad


Con los años quizá no nos volvemos invisibles; simplemente dejamos de necesitar que los demás nos vean para saber quiénes somos.

Hay un momento en la vida en el que dejamos de mirar tanto hacia fuera y empezamos a mirarnos de otra manera. Ya no necesitamos ser perfectos, ni cumplir las expectativas de nadie. Y quizá sea entonces cuando empezamos, por fin, a sentirnos verdaderamente dueños de nuestra vida.


Con los años quizá no nos volvemos invisibles; simplemente dejamos de necesitar que los demás nos vean para saber quiénes somos.

Hay un momento en la vida en el que dejamos de mirar tanto hacia fuera y empezamos a mirarnos de otra manera.

Ya no necesitamos ser perfectos.

Ya no nos preocupa tanto gustar a todo el mundo.

Ya no sentimos la misma necesidad de correr detrás de cada sueño, ni de demostrar continuamente quiénes somos.

Y quizá sea entonces cuando empezamos, por fin, a sentirnos verdaderamente dueños de nuestra vida.

Dicen que con los años las mujeres nos volvemos invisibles. Que dejamos de ocupar ese lugar que parece reservado a la juventud, a la belleza y a la novedad.

Puede que sea verdad para algunos ojos.

Pero yo creo que hay otra manera de mirarlo.

Quizá no nos volvemos invisibles.

Quizá simplemente dejamos de necesitar que nos miren.

Porque llega un momento en que una se mira al espejo y ya no busca a la mujer que fue.

La reconoce, sí.

Recuerda sus ilusiones, sus miedos, sus errores, las cosas que soñaba conseguir y aquellas que nunca llegaron.

Y en lugar de querer volver atrás, sonríe.

Porque aquella mujer también hizo lo que pudo con lo que sabía entonces.

Y gracias a ella estamos aquí.

Con nuestras arrugas, nuestras dudas, nuestras contradicciones y también con todo aquello que hemos aprendido por el camino.

Descubrimos que no pasa nada por no ser perfectos.

Podemos equivocarnos.

Podemos cambiar de opinión.

Podemos decir que no.

Podemos reconocer que algo ya no nos hace felices.

Podemos dejar de intentar cumplir expectativas que nunca fueron nuestras.

Y, sobre todo, podemos aprender a querernos sin tener que pedir permiso.

Con los años también empezamos a comprender otra cosa: que querer no significa poseer.

Durante mucho tiempo confundimos el amor con tener cerca aquello que amamos, como si pudiéramos asegurarnos de que nada cambiara.

Pero la vida nos enseña que no funciona así.

El mar no deja de ser hermoso porque no podamos guardarlo entre las manos.

El viento no nos pertenece porque podamos sentirlo en la cara.

Una flor no es menos nuestra porque tengamos que dejarla crecer donde está.

Y las personas que queremos tampoco pueden ser nuestras.

Podemos acompañarlas.

Cuidarlas.

Compartir con ellas una parte del camino.

Pero no podemos vivir por ellas ni decidir qué camino deben seguir.

Quizá querer bien sea precisamente aprender a abrir la mano.

Dejar que el otro respire.

Respetar sus decisiones.

Alegrarnos de que crezca, aunque alguna vez ese crecimiento le lleve por un camino diferente al nuestro.

Y esto vale para los hijos, para los amigos, para la pareja y también para nosotros mismos.

Porque nosotros también cambiamos.

No somos quienes fuimos hace veinte años, ni tenemos por qué serlo.

La vida nos va quitando unas cosas y regalándonos otras.

Nos enseña que algunas personas se quedan y otras se marchan. Que algunos sueños cambian de forma. Que aquello que un día parecía imprescindible quizá ya no lo sea.

Y no pasa nada.

A cierta edad empiezas a comprender que vivir no consiste en retener.

Consiste en disfrutar mientras lo tienes.

Mirar el mar.

Sentir el sol.

Escuchar una canción.

Reír con un amigo.

Abrazar a alguien que quieres.

Contemplar una flor.

Tomarte un café sin mirar el reloj.

Disfrutar de esos pequeños momentos que, sin hacer ruido, terminan siendo los que más recuerdas.

Quizá madurar sea aprender precisamente eso:

Que no necesitamos poseer todo aquello que amamos para sentirnos afortunados.

Que algunas cosas son hermosas justamente porque pasan.

Que algunas personas llegan para quedarse y otras para enseñarnos algo antes de continuar su camino.

Y que nuestra propia vida también merece ser vivida sin estar continuamente intentando retener lo que ya pasó.

Por eso, cuando me miro al espejo, ya no busco a la joven que fui.

La miro con cariño.

Le agradezco sus sueños, sus errores, sus ilusiones y hasta sus equivocaciones.

Pero después vuelvo a mirar a la mujer que tengo delante.

A la que soy hoy.

Y me gusta.

Quizá porque, después de tantos años, por fin estoy aprendiendo algo que nadie puede enseñarnos del todo:

Que vivir no es tenerlo todo.
Es saber disfrutar de lo que la vida nos permite abrazar mientras lo tenemos.




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