Cuando el ego se disuelve: La casa donde solo cabe el Ser
Existen relatos que condensan en un par de líneas misterios que a la a la filosofía les toma siglos explicar. Este es el caso de una joya rescatada de la antología tradicional 101 cuentos clásicos de la India. A través de la historia de un discípulo perseverante y un maestro yogui, el relato plantea un dilema existencial: ¿quiénes somos realmente cuando desnudamos nuestra identidad de títulos, posesiones y pretensiones?
Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.
–¿Quién es? -preguntó el yogui.
–Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.
–No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.
Al principio, el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.
Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser. Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.
–¿Quién es? -preguntó el yogui.
–Soy tú -repuso el discípulo.
–Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.
El Maestro dice: Más allá de la mente y el pensamiento está el Ser. Y en el Ser todos los seres.
A veces, para encontrarnos de verdad, primero tenemos que aprender a soltar la necesidad de demostrar quiénes somos.
Reflexión Final:
A veces pasamos buena parte de la vida intentando demostrar quiénes somos: lo que sabemos, lo que hemos conseguido, lo que tenemos o lo que creemos que deberíamos llegar a ser. Y, sin darnos cuenta, construimos alrededor de ese «yo» una casa cada vez más grande, llena de etiquetas y expectativas.
Pero quizá el verdadero crecimiento no consiste en añadir más cosas a nuestra identidad, sino en aprender a desprendernos de aquello que ya no necesitamos para sentirnos valiosos.
Cuando dejamos de preguntarnos constantemente ¿quién quiero que los demás crean que soy?, podemos empezar a descubrir ¿quién soy realmente?.
Tal vez ahí comienza una forma diferente de libertad: cuando ya no necesitamos ocupar todo el espacio con nuestro ego y dejamos sitio para escuchar, aprender, comprender y simplemente ser.
Porque algunas puertas no se abren cuando llegamos con todas nuestras certezas, sino cuando somos capaces de dejar algunas de ellas fuera.






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