Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Caminos de la vida

Hay cosas que solo podemos conservar cuando aprendemos a dejarlas libres.

Quizá una de las cosas más difíciles de aprender sea que querer a alguien no significa tenerlo. A veces creemos que cuidar es retener, proteger es decidir por el otro o amar es intentar que nada cambie. Pero la vida nos enseña, muchas veces a fuerza de despedidas, que aquello que queremos de verdad también necesita espacio para crecer.


Hay cosas que solo podemos conservar cuando aprendemos a dejarlas libres.

Quizá una de las cosas más difíciles de aprender sea que querer a alguien no significa tenerlo. A veces creemos que cuidar es retener, proteger es decidir por el otro o amar es intentar que nada cambie. Pero la vida nos enseña, muchas veces a fuerza de despedidas, que aquello que queremos de verdad también necesita espacio para crecer.

Pienso en una flor. Si la cortamos para tenerla cerca, podremos disfrutar de su belleza durante unos días, pero poco a poco comenzará a marchitarse. En cambio, si la dejamos donde ha nacido, seguirá creciendo, dará semillas y quizá vuelva a florecer cuando llegue otra primavera.

Con las personas ocurre algo parecido.

Cuando intentamos sujetar demasiado aquello que queremos, podemos terminar haciendo precisamente lo contrario de lo que deseábamos. El amor necesita cercanía, pero también necesita libertad. Necesita raíces, pero también espacio para que cada uno pueda crecer a su manera.

Un pájaro encerrado puede estar cerca de nosotros, pero ya no puede cantar libremente en el bosque.

Y quizá con la libertad ocurra algo parecido. No tiene demasiado sentido decir que somos libres si nunca nos atrevemos a elegir, a cambiar de camino o a tomar nuestras propias decisiones por miedo a perder aquello que conocemos.

La libertad también implica asumir riesgos.

Elegir puede significar equivocarse. Cambiar puede significar dejar atrás algo que nos daba seguridad. Pero vivir consiste, en buena parte, en aprender a decidir qué queremos conservar y qué necesitamos dejar marchar.

Esto se hace especialmente difícil cuando se trata de los hijos.

Durante muchos años queremos protegerlos de todo. Les enseñamos a caminar, intentamos evitarles los tropiezos y deseamos que no sufran. Pero llega un momento en el que tenemos que abrir la mano y permitirles hacer su propio camino.

No porque dejemos de necesitarlos o porque ellos dejen de necesitarnos, sino porque amar también significa confiar.

Dejar que nuestros hijos vuelen no significa perderlos.

Significa aceptar que ya no necesitan que caminemos delante de ellos apartando todas las piedras del camino. Ahora necesitan saber que, si alguna vez tropiezan, habrá un lugar al que podrán volver.

Y quizá eso sea una de las formas más bonitas de amar: ser refugio sin convertirse en jaula.

También ocurre con las cosas materiales. Podemos guardar dinero, objetos, recuerdos y tantas cosas pensando que algún día nos harán falta, pero al final descubrimos que aquello que tenemos solo adquiere verdadero valor cuando sabemos utilizarlo, compartirlo o disfrutarlo.

Porque acumular por acumular nunca termina de llenarnos.

Hay una diferencia enorme entre tener algo y ser dueño de ello.

Podemos tener una casa y sentirnos prisioneros de ella. Podemos tener dinero y vivir con miedo a perderlo. Podemos tener una relación y convertirla en una lucha constante por controlar al otro.

Y entonces quizá debamos preguntarnos si realmente estamos disfrutando de lo que tenemos o simplemente intentando asegurarnos de que nunca se nos escape.

La vida no funciona así.

Hay personas que llegan para quedarse muchos años y otras que nos acompañan solamente durante una etapa. Hay lugares que un día sentimos como nuestro hogar y que después dejamos atrás. Hay amistades que cambian, trabajos que terminan y caminos que se separan.

No todo lo que termina ha sido un fracaso.

A veces simplemente ha cumplido su tiempo.

Y aunque al principio duela, aprender a aceptarlo nos permite seguir caminando sin cargar eternamente con aquello que ya no puede acompañarnos.

Quizá esa sea una de las grandes paradojas de la vida: que muchas veces queremos conservar algo con tanta fuerza que terminamos perdiendo precisamente aquello que más nos importaba.

Por eso hoy pienso que amar no consiste en cerrar la mano.

Consiste en abrirla cuando sea necesario.

Dejar espacio.

Confiar.

Acompañar sin invadir.

Estar sin poseer.

Y cuando llegue el momento de dejar partir, hacerlo con la tranquilidad de saber que lo que ha sido verdadero no necesita cadenas para permanecer en nuestro corazón.

Porque cuando queremos de verdad, no buscamos que alguien se quede por obligación.

Queremos que se quede porque elige hacerlo libremente.

Y quizá ahí esté una de las formas más hermosas de la fidelidad: en saber que alguien podría marcharse, pero decide caminar a nuestro lado.

La vida nos enseña estas cosas poco a poco, mientras recorremos nuestros propios caminos. A veces aprendemos soltando, otras veces perdiendo y, en muchas ocasiones, simplemente comprendiendo que no todo lo que amamos está destinado a permanecer junto a nosotros de la misma manera.

Pero eso no significa que lo hayamos perdido todo.

Algunas personas se quedan en nuestra vida.

Otras se quedan en nuestra memoria.

Y otras, aunque ya no estén, dejan algo de ellas en la persona que somos.

Quizá al final no se trate de tenerlo todo para siempre, sino de saber disfrutar de aquello que la vida nos permite compartir mientras está con nosotros.

Porque amar también es saber dejar la puerta abierta para que quien queremos pueda elegir quedarse.



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