
No podemos cambiar lo que ya pasó, pero sí podemos elegir hacia dónde dirigimos la mirada.
Todos tenemos un jardín en la memoria. En él conviven las flores que nos hicieron felices y también los pétalos que algún día cayeron. A veces nos quedamos demasiado tiempo mirando lo que se marchitó y olvidamos que, mientras tanto, siguen naciendo nuevas flores.
No podemos cambiar lo que ya pasó, pero sí podemos elegir hacia dónde dirigimos la mirada.
Todos tenemos un jardín en la memoria. En él conviven las flores que nos hicieron felices y también los pétalos que algún día cayeron. A veces nos quedamos demasiado tiempo mirando lo que se marchitó y olvidamos que, mientras tanto, siguen naciendo nuevas flores.
Mira tu jardín y fíjate en las rosas que todavía están abriéndose, en lugar de contar únicamente los pétalos que han caído.
Mira también el camino que has recorrido. Quizá todavía quede distancia por andar, pero hay mucho que ya has dejado atrás. Piensa en todo lo que has conseguido superar, incluso en aquellas ocasiones en las que estabas convencido de que no tendrías fuerzas para continuar.
Todos llevamos días difíciles en nuestra historia.
Hay recuerdos que todavía duelen, palabras que hubiéramos querido no escuchar y momentos que, si pudiéramos volver atrás, quizá viviríamos de otra manera. Pero no podemos cambiar lo que ocurrió. Lo que sí podemos hacer es decidir cuánto espacio queremos seguir dándole en nuestra vida.
Por eso guarda también los recuerdos que te hicieron sonreír.
Las conversaciones que todavía recuerdas con cariño, las canciones que te llevan a un momento feliz, las personas que dejaron algo bonito en tu camino, aquellos abrazos que llegaron justo cuando los necesitabas.
Hay recuerdos que merecen quedarse.
No porque queramos vivir en el pasado, sino porque forman parte de lo que somos.
Cuando mires tu rostro en el espejo, no te fijes únicamente en las señales que han dejado los años. Mira también todo lo que cuentan. Cada línea habla de una risa, de una preocupación, de una experiencia, de un momento vivido.
No escondas tus cicatrices.
Son parte de tu historia y, muchas veces, también son la prueba de que conseguiste seguir adelante.
En nuestro camino habrá pasos acertados y otros que nos llevaron por lugares que después comprendimos que no eran para nosotros. Habrá subidas que nos hicieron sentir orgullosos y descensos que nos enseñaron algo que no habríamos aprendido de otra manera.
No necesitamos borrar los caminos equivocados.
Podemos aprender de ellos y continuar.
Porque la vida no consiste en caminar siempre por el sendero correcto. También consiste en equivocarnos, detenernos, cambiar de dirección y volver a intentarlo.
Quizá por eso no deberíamos mirar nuestro jardín únicamente desde el lugar donde están las flores marchitas.
Hay que levantar la mirada.
Siempre queda alguna flor por abrir.
Siempre hay una mañana esperando detrás de la noche.
Y hasta en las noches más oscuras podemos descubrir estrellas que durante el día no éramos capaces de ver.
No se trata de fingir que no hemos sufrido ni de obligarnos a estar alegres cuando no lo estamos. Se trata de no permitir que aquello que nos hizo daño nos impida reconocer todo lo bueno que también existe en nuestra vida.
Porque junto a cada pérdida puede haber un aprendizaje.
Junto a una despedida, un nuevo camino.
Junto a una herida, una cicatriz que nos recuerda que seguimos aquí.
Y junto a un invierno, siempre existe la posibilidad de que llegue otra primavera.
Así que, de vez en cuando, detente y mira tu jardín con calma.
No cuentes solamente los pétalos que han caído.
Mira las flores que todavía permanecen.
Cuida las que están naciendo.
Riega las que necesitan un poco de atención.
Y deja espacio para aquellas que todavía no sabes que van a florecer.
Porque quizá la vida sea precisamente eso: aprender a mirar nuestro jardín entero, con sus flores y sus hojas secas, con sus primaveras y sus inviernos, y agradecer que, a pesar de todo, todavía quedan flores por abrir.





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