Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Ocho regalos que no cuestan nada.


Hay cosas que podemos regalar todos los días y que, aunque no cuestan dinero, pueden significarlo todo.

Vivimos pensando muchas veces que para hacer feliz a alguien necesitamos tener algo que ofrecerle. Y quizá no sea así. Hay regalos que no caben en una caja, que no necesitan dinero y que, sin embargo, pueden quedarse en el corazón de quien los recibe mucho más tiempo del que imaginamos.


Hay cosas que podemos regalar todos los días y que, aunque no cuestan dinero, pueden significarlo todo.

Vivimos pensando muchas veces que para hacer feliz a alguien necesitamos tener algo que ofrecerle. Y quizá no sea así.

Hay regalos que no caben en una caja, que no necesitan dinero y que, sin embargo, pueden quedarse en el corazón de quien los recibe mucho más tiempo del que imaginamos.

Uno de ellos es escuchar.

Pero escuchar de verdad. Sin estar pensando en lo que vamos a contestar, sin mirar el teléfono, sin interrumpir para contar algo parecido que nos ocurrió a nosotros.

A veces una persona no necesita que le solucionemos nada. Solo necesita sentir que alguien está ahí.

Otro regalo es el cariño.

Un abrazo. Una mano sobre el hombro. Un beso. Un apretón de manos. Acercarnos un poquito a alguien cuando sabemos que está pasando un mal momento.

Hay personas que necesitan más cariño del que se atreven a pedir.

También está la sonrisa.

Esa sonrisa que aparece cuando nos encontramos con alguien que queremos. La que dice, sin necesidad de palabras: «Me alegra verte».

Y qué poco cuesta sonreír cuando sale de verdad.

Está también una palabra escrita.

Un mensaje inesperado. Un «gracias». Un «he pensado en ti». Una pequeña nota dejada en un lugar cualquiera.

Puede parecer poca cosa para quien la escribe, pero quizá llegue precisamente en el momento en que la otra persona necesitaba recordar que alguien se acordaba de ella.

Otro regalo que solemos olvidar es un cumplido sincero.

Decirle a alguien que ha hecho un buen trabajo. Que nos ha gustado lo que ha preparado. Que está guapo, que está guapa. Que nos ha alegrado el día.

No se trata de decir cosas bonitas por decirlas, sino de aprender a expresar lo bueno que vemos en los demás.

Y está hacer un favor.

Sin esperar nada a cambio.

Ayudar a alguien con algo pequeño. Adelantarnos a una necesidad. Hacer más llevadero un momento para otra persona.

A veces un gesto que para nosotros apenas supone esfuerzo puede significar muchísimo para quien lo recibe.

También existe un regalo que quizá nos cueste más comprender: la soledad.

Porque querer a alguien también significa saber cuándo necesita compañía y cuándo necesita estar solo.

No todo silencio es tristeza.

Hay momentos en los que necesitamos cerrar una puerta, respirar tranquilos y quedarnos un rato con nosotros mismos.

Y quizá uno de los regalos más sencillos de todos sea la gratitud.

Decir «gracias».

Decir «buenos días».

Preguntar cómo está alguien y esperar de verdad la respuesta.

Reconocer lo que otros hacen por nosotros.

Son palabras pequeñas, pero nunca deberíamos pensar que por ser pequeñas carecen de importancia.

Porque al final, muchas de las cosas que hacen bonita una relación no cuestan absolutamente nada.

Escuchar.

Abrazar.

Sonreír.

Agradecer.

Estar.

Dejar espacio.

Decir una palabra amable cuando podríamos haber pasado de largo.

Y quizá por eso las personas que queremos son uno de los regalos más grandes que nos da la vida.

Los buenos amigos, la familia, quienes nos acompañan de verdad… esas personas que conocen nuestras luces y nuestras sombras y, aun así, siguen encontrando un motivo para quedarse.

No siempre podemos regalar grandes cosas.

Pero podemos regalar un poquito de nuestro tiempo, de nuestra atención y de nuestro cariño.

Y a veces eso es mucho más de lo que imaginamos.

Porque hay regalos que se compran con dinero y se olvidan.

Y hay otros que no cuestan nada…

y pueden quedarse para siempre.



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