Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Aprende a vivir sin espinas


No podemos cambiar lo que nos hizo daño, pero sí podemos decidir cuánto tiempo queremos seguir llevándolo con nosotros.

Todos llevamos alguna espina escondida. Una palabra que nos hirió, una pérdida, una decepción, algo que hicimos y todavía nos pesa… Con los años he aprendido que algunas heridas no desaparecen del todo, pero también que podemos dejar de apretarlas contra el corazón.


No podemos cambiar lo que nos hizo daño, pero sí podemos decidir cuánto tiempo queremos seguir llevándolo con nosotros.

Todos llevamos alguna espina escondida.

Una palabra que nos hirió.
Una despedida que no esperábamos.
Una decepción.
Un recuerdo que todavía duele cuando vuelve.
Algo que hicimos y que, si pudiéramos, haríamos de otra manera.

Quizá aprendemos a vivir precisamente a través de todo eso.

No sé exactamente cuándo aprendí a querer, ni cuándo descubrí que la vida podía ser tan hermosa y, al mismo tiempo, tan difícil.

Supongo que fue poco a poco.

Aprendiendo a mirar las estrellas y a dejar que algunos sueños siguieran encendidos.

Aprendiendo a escuchar los silencios y a comprender que no todo lo importante necesita palabras.

Aprendiendo también que la tristeza forma parte de la vida y que llorar no significa ser débil.

Hubo momentos en los que el dolor llegó sin avisar y se quedó más tiempo del que yo hubiera querido.

Y entonces descubrí algo que antes me costaba entender: que incluso la soledad puede enseñarnos cosas.

Cuando dejamos de tenerle miedo, a veces nos permite escucharnos. Nos obliga a bajar el ruido de fuera y a mirar un poco hacia dentro.

También aprendí que la paciencia no consiste en esperar sin más. A veces consiste en respirar hondo y dejar que las cosas encuentren su momento.

Que no siempre podemos controlar nuestra ira.

Que no siempre podemos evitar una decepción.

Que no siempre podemos conseguir aquello que deseamos.

Pero sí podemos decidir qué hacemos después.

Y ahí aparecen las espinas.

Porque el pasado puede enseñarnos, pero también puede convertirse en una carga si seguimos llevándolo a todas partes.

No empieces cada día con las espinas de ayer.

Lo que ocurrió ya ocurrió. No puedes volver atrás para cambiar una palabra, borrar una decisión o evitar aquella herida.

Pero puedes dejar de tocarla continuamente para comprobar que todavía duele.

Puedes perdonar, si algún día consigues hacerlo.

Puedes pedir perdón.

Puedes aceptar que algunas cosas nunca tendrán la explicación que esperabas.

Y puedes seguir adelante incluso cuando una parte de ti todavía no comprenda del todo lo sucedido.

No todas las heridas se curan de la misma manera.

Algunas necesitan tiempo.

Otras necesitan distancia.

Otras, simplemente, dejan una pequeña cicatriz que un día descubrimos que ya no duele.

Y quizá eso también sea aprender a vivir.

No olvidar lo que nos pasó, sino conseguir que aquello que nos pasó deje de decidir cómo será nuestro mañana.

Si tienes alguna espina, no la escondas.

Mírala.

Reconoce que estuvo ahí y que te hizo daño.

Pero después, cuando puedas, déjala descansar.

Porque de cada espina podemos sacar algo: una experiencia, una enseñanza, una nueva forma de mirar, quizá incluso la capacidad de no hacerle a otro aquello que un día nos hicieron a nosotros.

La vida seguirá teniendo días difíciles.

Eso no podemos evitarlo.

Pero también habrá amaneceres, conversaciones inesperadas, abrazos, risas, canciones, momentos tranquilos y personas que llegarán para recordarnos que todavía quedan cosas bonitas por vivir.

Así que respira.

Llora si lo necesitas.

Suelta lo que ya no puedas cambiar.

Y cuando estés preparado, sigue caminando.

No necesitas olvidar todas tus espinas para volver a sentirte feliz. Solo necesitas dejar de llevarlas clavadas en el corazón.

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