Hay cosas que no decimos con palabras, pero que nuestros ojos, nuestros gestos y nuestra manera de estar junto a los demás consiguen contar.
A veces basta mirar a una persona a los ojos para comprender que sus palabras no están contando toda la historia. Podemos decir "estoy bien" mientras nuestros ojos cuentan una historia completamente diferente.
Una mirada que se ilumina al encontrarnos con alguien.
Una sonrisa que aparece sin que la busquemos.
Un gesto de preocupación.
La forma de acercarnos o de mantener cierta distancia.
Hay un lenguaje que no aprendemos en ningún libro y que, sin embargo, todos utilizamos.
El rostro habla.
También hablan las manos, la postura, el tono de voz y esos pequeños silencios que aparecen en medio de una conversación.
A veces una persona no necesita decirnos que está cansada. Lo vemos.
O que está ilusionada.
O que algo le preocupa.
O que necesita un abrazo aunque no sepa pedirlo.
Pero también es importante recordar que no siempre sabemos interpretar correctamente lo que vemos.
Una mirada triste no siempre significa lo que creemos.
Una sonrisa puede esconder un día difícil.
Y alguien que parece tranquilo puede estar librando una batalla que desconocemos.
Por eso quizá no se trata tanto de aprender a leer los rostros como de aprender a mirar a las personas con un poco más de atención y de cariño.
Sin juzgar.
Sin sacar conclusiones demasiado deprisa.
Simplemente estando presentes.
Qué diferente sería muchas veces una conversación si, además de escuchar las palabras, prestáramos atención a cómo se dicen.
Hay personas que saben expresar fácilmente lo que sienten.
Y otras necesitan tiempo.
Algunas hablan mucho.
Otras se refugian en el silencio.
No todos tenemos la misma manera de mostrar lo que llevamos dentro.
Por eso, cuando queremos a alguien, quizá merezca la pena aprender también su lenguaje.
Saber cuándo necesita hablar y cuándo simplemente necesita compañía.
Cuándo una sonrisa es alegría y cuándo es una manera de decir «hoy no quiero preocupar a nadie».
Cuándo una mano sobre el hombro puede decir mucho más que un largo discurso.
Porque el cariño también se expresa así.
En una mirada.
En un abrazo.
En sentarnos al lado de alguien sin necesidad de llenar todos los silencios.
En esa presencia que dice: «Estoy aquí».
Y hay algo especialmente hermoso en encontrarnos con personas con las que podemos estar en silencio sin sentirnos incómodos.
Personas ante las que no necesitamos explicar cada pensamiento ni cuidar cada gesto.
Podemos simplemente ser.
Quizá esas sean algunas de las relaciones más valiosas que encontramos a lo largo de la vida.
No porque seamos iguales, sino porque existe una confianza que permite mostrarnos tal como somos.
Al final, nuestro rostro irá cambiando con los años.
Llegarán nuevas arrugas, nuevas expresiones, nuevas huellas de todo lo vivido.
Y quizá sea bonito que así sea.
Que nuestro rostro cuente que hemos reído.
Que hemos llorado.
Que hemos amado.
Que hemos tenido miedo y también hemos seguido adelante.
No necesitamos esconder todas nuestras emociones.
Podemos permitir que algunas de ellas se asomen.
Y podemos aprender a mirar las de los demás con respeto.
Porque detrás de cada rostro hay una historia que no conocemos del todo.
Y quizá una mirada atenta, una palabra amable o un abrazo dado a tiempo sean suficientes para recordarle a alguien que no tiene que atravesarlo todo a solas.





No hay comentarios:
Publicar un comentario