
Hay heridas que no necesitan respuestas, sino tiempo.
Hay momentos en los que quisiéramos que todo pasara deprisa: el dolor, la tristeza, las decepciones, aquello que todavía nos pesa. Pero el tiempo tiene su propia manera de hacer las cosas. No borra lo vivido, pero nos ayuda a mirarlo de otra forma, a comprenderlo y, poco a poco, a dejarlo en su lugar.
El tiempo, como el viento, seca las lágrimas.
Como el agua, poco a poco, lo va disolviendo todo.
Como el fuego, convierte en cenizas aquello que un día parecía imposible de dejar atrás.
Y como el sol, termina iluminando incluso aquello que durante mucho tiempo permaneció oculto.
El tiempo aclara lo confuso, descubre lo que no veíamos y nos ayuda a encontrar respuestas que quizá no estábamos preparados para comprender.
A veces encuentra lo que creíamos perdido.
Otras veces nos enseña a aceptar lo que ya no puede volver.
Hace crecer la tolerancia, acerca a quienes estaban distanciados y pone a prueba el amor y la amistad.
También nos ayuda a distinguir lo importante de aquello que solo parecía importante.
Se lleva algunas ilusiones, pero también nos devuelve otras más reales.
Hace más pequeño el orgullo y nos enseña que no todo tiene que suceder cuando nosotros queremos.
Porque quien intenta luchar constantemente contra el tiempo termina agotándose.
Quien aprende a esperar descubre que algunas cosas necesitan su propio momento.
Y quien consigue hacer del tiempo un aliado aprende algo esencial:
No todo lo que duele hoy dolerá para siempre.
El tiempo no cambia lo que sucedió, pero puede cambiar la manera en que lo vivimos.
A veces, sanar no consiste en olvidar.
Consiste en recordar sin que aquello vuelva a rompernos por dentro.
Y quizá por eso, cuando sentimos que nada va a cambiar, lo mejor que podemos hacer es seguir caminando, respirar y confiar un poco más en el tiempo.
Porque hay heridas que no se curan de un día para otro, pero sí pueden aprender a dejar de doler.




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