Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Asomándonos a la ventana



El día que decidí bajar la mirada del balcón

A veces nos obsesionamos con demostrar cuánto somos capaces de aguantar por alguien. Nos convertimos en equilibristas del sufrimiento, convencidos de que el amor se mide en cicatrices y noches en vela. Yo mismo pasé mucho tiempo esperando bajo ventanas que nunca se abrían del todo, creyendo que la entrega absoluta era la única forma de ser visto. Hoy quiero contarte la historia de alguien que entendió, justo a tiempo, que el amor propio pesa más que cualquier promesa real.

Cuentan que una princesa buscaba consorte. A su palacio llegaron hombres ricos de todos los rincones del mundo, cargados de cofres llenos de oro, tierras infinitas y promesas de tronos. Entre la multitud, destacaba un joven humilde que no tenía más patrimonio que su propia consternación, su constancia y un amor limpio.
Cuando le tocó el turno de hablar, miró a la princesa a los ojos y le dijo:
—Princesa, te he amado en silencio toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros materiales, te ofrezco mi vulnerabilidad y mi sacrificio. Pasaré cien días sentado bajo tu ventana. Mi único alimento será la lluvia y mi único abrigo la ropa que llevo puesta. Esa es mi dote.
La princesa, conmovida por un gesto tan extremo, aceptó el reto con una condición:
—Tendrás tu oportunidad. Si logras superar la prueba, nos casaremos.
Y así comenzó la cuenta atrás. Los días se convirtieron en semanas. El joven permaneció allí, firme, soportando ráfagas de viento que calaban los huesos, noches heladas de absoluto aislamiento y tormentas que devoraban la plaza. No pestañeaba. Mantenía la vista fija en el balcón, alimentándose de los pequeños momentos en los que la cortina se movía y dejaba ver la silueta de la princesa, quien le dedicaba una sonrisa cómplice de aprobación.
Todo parecía marchar según lo previsto. Al llegar el día noventa y nueve, el pueblo entero se reunió en la plaza para vitorear al que daban por seguro futuro rey. El ambiente era una fiesta de música y jolgorio.
Sin embargo, cuando faltaba apenas una hora para cumplir el plazo legal de los cien días, ocurrió algo que congeló las sonrisas de la multitud. Ante la mirada atónita de los vecinos y la total perplejidad de la princesa que observaba desde lo alto, el joven se levantó en silencio. Con el cuerpo entumecido pero la espalda recta, se dio la vuelta y se alejó lentamente, perdiéndose en el horizonte.
Semanas después, mientras el joven caminaba en solitario por un sendero rural, un niño del pueblo que lo había seguido lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:
—¿Qué te pasó? Estabas a solo unos minutos de conseguirlo todo. ¿Por qué dejaste escapar la oportunidad de tu vida? ¿Por qué te rendiste al final?
El joven se detuvo. Una lágrima limpia resbaló por su mejilla cansada, pero su voz sonó firme y serena cuando respondió:
—Ella me vio sufrir allí abajo. Vio cómo me congelaba, cómo me debilitaba la lluvia, cómo se me iba la vida en esa plaza. Y no fue capaz de ahorrarme ni un solo día de tormenta. Ni siquiera una hora. Alguien que disfruta de tu sacrificio por puro egoísmo, no merece tu amor.
Reflexión final: 
Romper un lazo que nos lastima cuando estamos a punto de conseguir "lo que tanto deseábamos" requiere un coraje sobrehumano. Este cuento nos enseña que retirarse no siempre es rendirse; a veces, es la mayor victoria posible.
Cuando abres la ventana de tu vida a un nuevo horizonte, entiendes que el amor verdadero no te pide que te destruyas para demostrar que eres digno de él. Si alguien necesita verte sufrir para valorarte, el problema no es tu falta de mérito, sino su incapacidad de amar. No te quedes cien días esperando a que alguien valide tu valor. Levántate de la acera y sigue caminando. Tu dignidad te está esperando unos pasos más adelante.

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