Mirar hacia atrás también puede ayudarnos a reconocer todo lo que hemos sido capaces de superar.
A veces somos mucho más conscientes de lo que nos falta que de todo lo que ya hemos recorrido. Nos olvidamos de aquellos momentos en los que pensamos que no encontraríamos una salida y que, con el tiempo, conseguimos dejar atrás. Quizá de vez en cuando necesitemos detenernos, mirar nuestra propia historia y recordar que no somos la misma persona que empezó aquel camino.
Piensa en todo aquello que entonces te parecía difícil, incluso imposible. En esos momentos en los que creías que no encontrarías una salida, que aquel problema no tendría solución o que el dolor iba a quedarse contigo para siempre.
Y, sin embargo, aquí estás.
Quizá algunas de aquellas cosas ya ni siquiera ocupen un lugar importante en tus pensamientos. Se quedaron atrás y hoy forman parte de tu historia, como pequeñas cicatrices que nos recuerdan que hubo momentos difíciles y que conseguimos atravesarlos.
Por eso, de vez en cuando, merece la pena detenernos y reconocer lo que hemos conseguido.
No hace falta que sean grandes cosas.
Puede ser aquel examen que parecía imposible. Un proyecto que te daba miedo comenzar. Una decisión que te costó tomar. Una etapa de tu vida que pensabas que no serías capaz de cerrar.
Puede ser algo que nadie más considere extraordinario.
Pero tú sabes lo que te costó llegar hasta allí.
Y eso también cuenta.
A veces somos mucho más exigentes con nosotros mismos de lo que seríamos con cualquier otra persona. Miramos lo que todavía nos falta y olvidamos todo lo que ya hemos recorrido.
Decimos: “No he conseguido nada especial”.
Pero quizá no sea verdad.
Quizá simplemente hemos olvidado mirar hacia atrás.
Porque en aquellos momentos difíciles sacaste fuerzas que ni siquiera sabías que tenías. Fuiste paciente cuando no querías serlo. Insististe cuando estabas cansado. Aprendiste después de equivocarte. Pediste ayuda cuando la necesitabas. Cambiaste de camino cuando comprendiste que el anterior ya no te llevaba a donde querías.
Y todo eso también eres tú.
No somos solamente nuestros logros.
También somos las veces que nos levantamos, las decisiones que nos hicieron crecer y aquello que aprendimos de nuestros errores.
Por eso, cuando vuelvas a pensar que no eres capaz, recuerda alguna de esas veces en las que sí lo fuiste.
No para convencerte de que puedes conseguir absolutamente todo lo que te propongas, porque la vida no siempre depende únicamente de nuestra voluntad.
Hay cosas que se escapan de nuestras manos.
Pero sí puedes recordar que tienes recursos para afrontar muchas de ellas. Que has aprendido. Que has cambiado. Que hoy no eres exactamente la misma persona que se enfrentó a aquellas dificultades de hace años.
Y quizá eso sea lo verdaderamente importante.
Seguir aprendiendo.
Seguir intentándolo cuando todavía tenga sentido hacerlo.
Saber parar cuando sea necesario.
Aceptar que algunas cosas no pudieron ser y que eso no convierte nuestra vida en un fracaso.
No dejes que aquello que todavía no has conseguido borre todo lo que ya has logrado.
Mira un momento hacia atrás.
Mira a aquella persona que fuiste.
Recuerda sus miedos, sus dudas, sus errores y también sus pequeñas victorias.
Y reconoce todo lo que ha tenido que caminar para llegar hasta aquí.
Quizá necesites recordar de vez en cuando que ya has superado muchas cosas que un día pensaste que no podrías superar.
Y eso, aunque nadie más lo vea, también es motivo para sentirte orgulloso.





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