Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Aquel que yo alimente




Dentro de nosotros conviven emociones muy distintas. La cuestión es cuál dejamos crecer.


Todos tenemos dentro pensamientos y emociones que a veces parecen tirar de nosotros en direcciones distintas. Esta pequeña historia habla de esa lucha interior y de algo que quizá sí esté en nuestras manos: decidir qué queremos alimentar.

Una tarde, un abuelo y su nieto estaban sentados tranquilamente al borde del bosque.

El niño llevaba un rato callado. Parecía tener la cabeza llena de cosas.

El abuelo lo miró y le preguntó:

—¿Qué te pasa?

El pequeño tardó un momento en responder.

—No sé… A veces siento que dentro de mí hay una pelea.

—¿Una pelea?

El niño asintió.

—Sí. Una parte de mí quiere hacer las cosas bien, tener paciencia, ser amable… pero otra se enfada, se pone celosa, quiere devolver el daño cuando alguien me hace daño.

El abuelo sonrió.

—Creo que sé de qué hablas.

El niño lo miró sorprendido.

—¿Tú también tienes esa pelea?

—Todos la tenemos.

Después de un momento de silencio, el abuelo continuó:

—Es como si dentro de nosotros vivieran dos lobos.

Uno es impaciente. Se enfada con facilidad, guarda rencor, quiere tener siempre la razón y recuerda cada cosa que le ha dolido.

El otro sabe esperar. Es capaz de comprender, de pedir perdón, de alegrarse por los demás y de volver a intentarlo cuando las cosas salen mal.

El niño permaneció pensativo.

—¿Y cuál de los dos es más fuerte?

El abuelo lo miró y respondió:

—Depende de cuál alimentes.

El niño frunció el ceño.

—¿Y cómo se alimenta un lobo que está dentro de nosotros?

—Con lo que pensamos, con lo que repetimos, con aquello a lo que damos vueltas una y otra vez. También con nuestras palabras y con las decisiones que tomamos cada día.

El abuelo cogió una pequeña rama del suelo.

—Si alimentas el enfado cada vez que alguien te decepciona, crecerá.

—¿Y si alimento al otro?

—También crecerá.

El niño guardó silencio.

—Entonces… ¿el lobo enfadado nunca desaparece?

El abuelo negó con la cabeza.

—No siempre. Hay días en los que necesitarás reconocer que estás enfadado, triste o dolido. No tienes que fingir que todo está bien.

El niño sonrió un poco.

—Entonces, ¿qué hago?

El abuelo le puso una mano sobre el hombro.

—Escúchalos a los dos. Pero recuerda que no tienes que dejar que cualquiera de ellos decida por ti.

El niño volvió a mirar hacia el bosque.

Quizá aquella pelea no iba a desaparecer.

Pero ahora sabía algo que antes no sabía.

Cada día, con pequeñas decisiones, podía elegir a cuál de los dos quería hacer un poco más fuerte.


Reflexión final:  

Todos tenemos días en los que estamos de mal humor, sentimos envidia, nos enfadamos o nos cuesta perdonar. No pasa nada por reconocerlo. Lo importante es no instalarse ahí.

Podemos estar enfadados sin convertirnos en personas enfadadas.

Podemos sentir tristeza sin dejar que la tristeza decida por nosotros.

Y podemos equivocarnos y volver a intentarlo.

Quizá de eso se trate realmente: no de conseguir que uno de nuestros lobos desaparezca para siempre, sino de aprender a reconocerlo y decidir qué queremos hacer con lo que sentimos.

Porque al final, como decía aquel abuelo…

Crece aquello a lo que damos de comer.



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