Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


El loco

Todos lo llamaban loco. Él, sin embargo, tenía una razón para hacer algo que nadie entendía.

Hay quienes parecen estar locos porque hacen las cosas de otra manera, sin esperar que nadie se lo agradezca.


En un pequeño pueblo, rodeado de montañas, vivía un hombre mayor al que todos llamaban el Loco.

Nadie se molestaba demasiado en preguntarse quién era o por qué vivía de aquella manera. Lo veían pasar con sus ropas sencillas, siempre con las manos llenas de tierra y alguna herramienta al hombro, y enseguida aparecían las bromas.

—Ahí va el loco.

Y poco más.

No tenía dinero ni grandes posesiones. Tampoco parecía preocupado por conseguirlas. Vivía tranquilo y, cada mañana, salía de casa con los bolsillos llenos de semillas.

Eso era lo que de verdad desconcertaba a la gente.

El hombre se pasaba el día plantando árboles.

En cualquier rincón donde encontrara un poco de tierra hacía un agujero, dejaba una semilla, la cubría y seguía caminando.

A veces alguien se quedaba mirándolo.

—¿Para qué plantas tantos árboles si luego no vas a vivir para verlos grandes?

Él solía sonreír.

—Ya los verá alguien.

Y seguía a lo suyo.

No parecía importarle que nadie entendiera lo que hacía.

Un día llegó al pueblo un hombre que tenía la costumbre de recorrer sus tierras y hablar con la gente. Quería saber cómo vivían, qué necesitaban y qué cosas podían mejorarse.

Cuando vio al anciano agachado junto a un árbol recién plantado, se acercó.

—¿Qué haces?

—Plantando.

El hombre miró alrededor.

Había árboles jóvenes por todas partes.

—Eso ya lo veo. Pero dime una cosa: ¿de verdad crees que llegarás a disfrutar de todos estos árboles?

El anciano se limpió las manos en el pantalón y se echó a reír.

—No. Muchos crecerán cuando yo ya no esté aquí.

—Entonces, ¿por qué sigues plantando?

Esta vez el hombre tardó un poco más en responder.

Miró uno de los árboles que tenía cerca y dijo:

—Porque yo también he disfrutado de cosas que no planté.

El otro hombre no dijo nada.

—Cuando era joven —continuó— comí frutos de árboles que alguien había plantado muchos años antes. Me senté bajo sombras que alguien dejó para mí sin saber siquiera quién iba a descansar allí. Supongo que ahora me toca hacer lo mismo.

La respuesta dejó pensativo a su interlocutor.

Después de unos segundos, sacó unas monedas de su bolsa.

—Toma. Te las has ganado.

El anciano las miró y sonrió.

—¿Lo ve?

—¿Qué cosa?

—Que mis árboles ya están dando fruto.

El hombre soltó una carcajada.

—¿Estos? Si acabas de plantarlos.

—No hablaba de esos.

Levantó las monedas.

—Hablaba de estas.

Los dos se echaron a reír.

Pero antes de marcharse, el visitante volvió a mirar al anciano.

—Ahora entiendo por qué te llaman el Loco.

El anciano se encogió de hombros.

—Puede que tengan razón.

Cogió otra semilla del bolsillo y se agachó para plantarla.

Y allí se quedó.

Sin esperar aplausos.

Sin preocuparse por si alguien recordaría su nombre.

Simplemente haciendo aquello que había decidido hacer.

Plantar.


Reflexión final: 

Hay cosas que hacemos y de las que nunca llegamos a ver el resultado. 

Una palabra que dijimos hace años y que alguien todavía recuerda.

Una persona a la que ayudamos cuando lo estaba pasando mal.

Algo que enseñamos y que quizá otro transmitió después.

Un gesto pequeño que hicimos casi sin darle importancia.

No sabemos hasta dónde pueden llegar algunas de nuestras acciones.

Y quizá por eso no deberíamos medir todo por lo que recibimos a cambio.

Vivimos demasiado pendientes de los resultados. Queremos saber si ha servido de algo, si alguien lo ha reconocido, si nos lo agradecerán.

Pero hay otra manera de hacer las cosas.

Hacerlas porque creemos que merecen la pena.

Y punto.

A veces sembramos y no vemos crecer nada.

O eso pensamos.

Porque quizá el árbol esté creciendo en un lugar que no alcanzamos a ver.

Me gusta pensar que muchas de las cosas buenas que hacemos se parecen un poco a eso.

No siempre son grandes gestos. Muchas veces son cosas pequeñas que hacemos casi sin darnos cuenta.

Escuchar.

Acompañar.

Tender una mano.

Decir una palabra amable cuando alguien la necesita.

Dejar algo bueno en el camino.

Quizá nosotros no lleguemos a sentarnos bajo esa sombra.

Pero alguien lo hará.

Y cuando pienso en eso, entiendo un poco mejor al viejo que todos llamaban loco.

Tal vez no estaba tan loco.

Quizá simplemente había entendido algo que a nosotros nos cuesta recordar: que no todo lo que hacemos tiene que ser para nosotros.

A veces basta con dejar una pequeña semilla.

Y confiar en que algún día, en algún lugar, alguien agradecerá que lo hicimos.

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