
La felicidad no siempre está en lo que conseguimos, sino en lo que aprendemos a llevar dentro.
Hace muchos años, en algún lugar de la India, vivía un hombre sabio del que se decía que conocía un secreto muy especial.
Quienes lo conocían aseguraban que aquel secreto era la razón por la que vivía tan feliz.
La historia llegó hasta los oídos de algunos hombres poderosos, que quisieron descubrirlo. Le ofrecieron riquezas, reconocimiento y todo aquello que pensaban que podía hacer feliz a una persona.
Pero el sabio no aceptó nada.
Algunos llegaron incluso a intentar averiguar dónde escondía aquel misterioso tesoro.
Sin conseguirlo.
Y mientras ellos seguían buscando fuera lo que creían que necesitaban, el sabio continuaba viviendo con sencillez y tranquilidad.
Un día, un niño se acercó a él.
—Quiero preguntarte algo.
El hombre sonrió.
—Pregunta.
—¿Cómo haces para ser tan feliz? Yo también quiero aprender.
El sabio observó al niño durante unos instantes.
Había algo en su manera de preguntar, tan sincera y sin pretensiones, que le hizo pensar que quizá había llegado el momento de compartir aquello que durante tantos años había guardado para sí.
—Ven conmigo —le dijo—. Te voy a enseñar dónde están mis tesoros.
El niño lo siguió hasta una pequeña habitación.
Allí no había cofres llenos de monedas, ni joyas, ni objetos valiosos.
El niño miró alrededor, sorprendido.
—¿Dónde están?
El sabio señaló su cabeza y después puso una mano sobre su pecho.
—Aquí.
—¿Aquí?
—Sí. Mis dos mayores tesoros son mi mente y mi corazón.
El niño se quedó escuchando con atención.
—Y dentro de ellos he aprendido algunas cosas que me ayudan a vivir mejor. No son fórmulas mágicas. Son pequeñas decisiones que hay que recordar una y otra vez.
El niño asintió.
—La primera es aprender a valorar lo que tienes. No necesitas tener una vida perfecta para encontrar motivos por los que sentirte agradecido.
—La segunda es aprender a quererte. No desde el orgullo, sino desde el respeto. Reconocer que tienes defectos, que puedes equivocarte y que, aun así, sigues teniendo valor.
El niño escuchaba sin apartar la mirada.
—La tercera es confiar en ti. Si crees que puedes hacer algo, inténtalo. Y si no sale bien a la primera, aprende y vuelve a intentarlo. No dejes que el miedo decida siempre por ti.
El sabio hizo una pequeña pausa.
—La cuarta es no vivir comparándote con los demás. Siempre habrá alguien que tenga más que tú, pero también habrá alguien que tenga menos. Tu camino es el tuyo. No necesitas correr la carrera de nadie.
—La quinta es aprender a soltar el rencor.
El niño frunció un poco el ceño.
—¿Y si alguien nos hace daño?
—Entonces puedes poner límites, alejarte y protegerte. Pero intenta no llevar esa herida contigo durante toda la vida. Perdonar no siempre significa olvidar lo que ocurrió. A veces significa dejar de permitir que aquello siga ocupando espacio dentro de ti.
El niño permaneció en silencio.
—La sexta —continuó el sabio— es vivir con honestidad. No tomar lo que no te pertenece, no engañar para conseguir lo que quieres y poder acostarte cada noche sabiendo que has actuado de acuerdo con lo que piensas y sientes.
—La séptima es tratar a los demás con respeto. Nunca sabemos qué batalla está librando la persona que tenemos delante. Una palabra amable puede parecer poca cosa, pero quizá llegue justo cuando alguien más la necesita.
El niño sonrió.
—¿Y ya está?
El sabio soltó una pequeña risa.
—No. Queda una de las más importantes.
—¿Cuál?
—Aprender a mirar.
—¿Mirar qué?
—La vida.
El hombre abrió la puerta y ambos salieron al exterior.
—Mira a tu alrededor. Hay belleza en cosas muy sencillas. Una mañana tranquila, una conversación, una taza caliente entre las manos, alguien que te quiere, la posibilidad de empezar de nuevo...
El niño observó todo de otra manera.
—Y cuando puedas ayudar a alguien, hazlo —añadió el sabio—. No porque esperes que algún día te devuelvan el favor. Hazlo porque sabes que tú también necesitarás ayuda alguna vez.
Caminaron unos pasos en silencio.
Entonces el niño preguntó:
—Pero si tus tesoros están dentro de ti, ¿por qué tanta gente los busca fuera?
El sabio sonrió.
—Porque es mucho más fácil buscar algo que creemos que nos falta que descubrir todo lo que ya tenemos.
El niño se quedó pensando en aquello.
Y quizá fue ese día cuando comprendió que algunas de las cosas más valiosas de la vida no pueden comprarse, guardarse en un cofre ni protegerse con una llave.
Porque hay tesoros que nadie puede robarnos.
Solo tenemos que aprender a reconocerlos.
Reflexión final:
A veces pasamos demasiado tiempo pensando en lo que nos falta.
Nos falta tiempo.
Nos falta dinero.
Nos falta suerte.
Nos falta esto o aquello que vemos en la vida de otras personas y que, desde fuera, parece hacerlas más felices que nosotros.
Y mientras miramos hacia fuera, podemos olvidarnos de algo bastante importante: también tenemos mucho dentro.
Tenemos recuerdos que nos hacen sonreír.
Personas que han dejado algo bueno en nuestro camino.
Capacidad para aprender.
Para cambiar.
Para empezar de nuevo.
Tenemos la posibilidad de pedir perdón, de perdonarnos, de tender una mano y de elegir, cada día, un poco más quién queremos ser.
No significa que debamos conformarnos con todo.
Claro que podemos querer mejorar nuestra vida, perseguir sueños y luchar por aquello que deseamos.
Pero quizá la felicidad no consista únicamente en llegar a donde queremos.
También tiene que ver con aprender a disfrutar un poco del camino.
Y con dejar de medir nuestra vida con la regla de la vida de los demás.
Quizá nuestros mayores tesoros no sean las cosas que tenemos, sino aquellas que seguimos siendo capaces de sentir.
Una conversación que nos reconforta.
Una mano que nos acompaña.
Una mañana en la que despertamos con ganas de intentarlo otra vez.
Una persona a la que podemos hacer sonreír.
Y esa capacidad tan nuestra de encontrar un poquito de luz incluso cuando el día viene complicado.
Quizá por eso, de vez en cuando, deberíamos dejar de buscar tanto fuera y mirar un poco hacia dentro.
Puede que descubramos que no estamos tan vacíos como pensábamos.
Puede que tengamos más tesoros de los que imaginábamos.
Y lo mejor de todo es que esos no necesitan ninguna llave para estar a salvo.





No hay comentarios:
Publicar un comentario