Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Cuando el sol y la luna se encuentran


Hay encuentros que duran apenas unos instantes y, sin embargo, son capaces de iluminar toda una vida.

Hay historias que nacen de la distancia y que, aun así, consiguen mantenerse unidas a través del tiempo. Esta es una de ellas: una historia sobre la espera, el deseo de encontrarnos y esos instantes mágicos en los que la vida parece hacer posible lo que creíamos imposible.


Desde que el cielo comenzó a llenarse de luz, el Sol y la Luna estuvieron destinados a recorrer caminos diferentes.

El Sol recibió las horas del día.
La Luna, las de la noche.

Y aunque ninguno de los dos comprendía por qué tenían que permanecer separados, pronto descubrieron que cada uno tenía su propia manera de iluminar el mundo.

El Sol despertaba los campos, calentaba las mañanas y llenaba de claridad los caminos.

La Luna, en cambio, acompañaba las noches silenciosas, se reflejaba en el mar y permanecía junto a quienes levantaban los ojos al cielo buscando un poco de calma.

Pero, a pesar de todo aquello, ambos se echaban de menos.

La Luna miraba hacia el horizonte cuando comenzaba a desaparecer el último resplandor del día.

—Quizá algún día volvamos a encontrarnos —pensaba.

Y el Sol, mientras veía cómo ella aparecía lentamente sobre el cielo nocturno, pensaba exactamente lo mismo.

Pasaron los años.

La Luna aprendió a convivir con sus distintas formas. Algunas noches aparecía redonda y luminosa; otras, apenas dejaba ver una pequeña parte de sí misma.

Comprendió que no siempre tenía que mostrarse completa para seguir siendo hermosa.

El Sol también aprendió que ser fuerte no significaba no echar de menos, sino continuar dando luz incluso cuando el corazón guardaba una ausencia.

Y así siguieron sus caminos.

Hasta que, de vez en cuando, el cielo les regalaba algo extraordinario.

Durante unos breves instantes, sus caminos parecían cruzarse.

Era el eclipse.

Cuando llegaba ese momento, el día y la noche parecían detenerse por un instante.

El Sol y la Luna podían encontrarse.

No durante horas.
No durante días.

Solo unos minutos.

Pero eran suficientes.

Porque después de tanto tiempo separados, habían aprendido algo importante:

no es la duración de un encuentro lo que determina su importancia.

A veces basta un instante para sentir que todo ha valido la pena.

Después, cada uno continuaba su camino.

El Sol regresaba a su lugar en el cielo.

La Luna esperaba de nuevo su turno para iluminar la noche.

Y aunque volvieran a estar separados, ya no estaban tristes como antes.

Sabían que el cielo guardaba para ellos la promesa de otro encuentro.

Y mientras tanto, cada uno seguiría haciendo aquello para lo que había nacido:

él, llenando de luz los días;

ella, acompañando las noches.

Porque quizá amar también sea eso:

seguir caminando por nuestro propio camino sin dejar de guardar en el corazón a quien, de alguna manera, nos enseñó a iluminar.

Reflexión final: 

Hay personas que llegan a nuestra vida y permanecen durante muchos años.

Y hay otras que aparecen durante un tiempo mucho más breve.

Sin embargo, eso no significa que su huella sea menor.

A veces un encuentro dura poco y cambia mucho.

Una conversación.
Una mirada.
Un abrazo.
Una amistad.
Un amor.
Una persona que apareció justo cuando necesitábamos un poco de luz.

Después, la vida puede llevarnos por caminos diferentes.

Y quizá no podamos volver a compartir el mismo cielo como antes.

Pero lo vivido no desaparece.

Se queda dentro de nosotros, convertido en recuerdo, aprendizaje y, algunas veces, en una luz pequeñita que continúa acompañándonos.

Por eso no deberíamos medir la importancia de una historia solamente por cuánto duró.

Hay encuentros que duran años y apenas dejan huella.

Y hay otros que duran un instante...

y nos cambian para siempre.

Tal vez el verdadero regalo no sea conseguir que alguien permanezca eternamente a nuestro lado, sino haber coincidido con esa persona en el momento preciso y haber compartido algo que hizo más luminoso nuestro camino.

Como el Sol y la Luna.

Cada uno sigue su propio recorrido.

Pero, de vez en cuando, el cielo les recuerda que hay distancias que no pueden impedir un encuentro.

Y quizá nosotros también tengamos alguno pendiente.

Quién sabe...

Tal vez la vida todavía nos esté preparando un eclipse.


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