
Un mapa de amor, paciencia y memoria para devolverte lo que me diste.
Ver crecer a un hijo es aprender a soltar poco a poco, pero también es sembrar un refugio para el futuro. Escribí estas líneas pensando en el paso del tiempo y en la certeza de que, aunque el cuerpo cambie y la memoria dudo, el amor que construimos permanece intacto.
Cuando los años pesen más en mí, cuando en apariencia ya no parezca la misma y mis movimientos se vuelvan torpes, por favor, tenme paciencia.
Recuerda con cariño las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas sencillas que hoy me cuesta resolver sola.
Cuando me veas perdida frente a esta tecnología que me resulta tan ajena, dedícame un poquito de tu tiempo. Recuerda que fui yo quien te enseñó, paso a paso, las cosas más simples para enfrentar la vida.
Si te repito las mismas historias, aunque te sepas el final de memoria, escúchame… Recuerda cuántas veces te conté el mismo cuento, una y otra vez, solo para ver cómo te dormías tranquilo.
Si en mitad de una conversación pierdo el hilo y olvido de qué hablábamos, dame tiempo para recordar. Y si no lo logro, comprende que lo importante no era el tema, sino el regalo de estar juntos y saber que me escuchas.
Cuando mis piernas fallen, dame tu mano para apoyarme, con la misma ternura con la que yo sostuve la tuya cuando dabas tus primeros pasos.
Sigue regalándome tu cariño, tu comprensión y tu apoyo, igual que lo hice yo desde el primer instante en que llegaste al mundo. Siempre busqué lo mejor para ti, y sé bien cuánto me quieres y me admiras. Hoy soy yo la que siente un orgullo infinito al ver la persona en la que te has convertido y la entereza con la que te formulas la vida.
Cuando los años sigan pasando en mí, acompáñame hacia donde me lleve el camino, tal como yo te acompañé desde el inicio.
Cuando pasen más años… simplemente sigamos caminando juntos.





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