





Cuando dejamos de fingir ante los demás, empezamos a encontrarnos con nosotros mismos.
Hay momentos en los que merece la pena detenerse y preguntarnos si estamos viviendo como realmente queremos o simplemente interpretando el papel que los demás esperan de nosotros.
Porque una cosa es lo que somos… y otra muy distinta, lo que intentamos parecer.
Una mujer que había vivido muchos años y había observado mucho a las personas decidió compartir una reflexión que llevaba tiempo rondándole por la cabeza.
—Creo que, a lo largo de nuestra vida, pasamos por distintas etapas —dijo—. Y si tuviera que resumirlas en tres palabras, serían: ser, tener y parecer.
Durante su infancia había aprendido algo sencillo de quienes la rodeaban.
Lo importante era ser.
Ser honesta.
Ser amable.
Ser respetuosa.
Ser leal.
Ser una buena amiga.
Ser una persona en la que los demás pudieran confiar.
No se trataba de tener mucho, sino de construir una manera de vivir.
Con el paso de los años, sin embargo, descubrió que muchas cosas parecían haber cambiado.
Ya no bastaba con ser.
Había que tener.
Tener una buena apariencia.
Tener dinero.
Tener una casa bonita.
Tener éxito.
Tener cosas que demostraran a los demás que nos iba bien.
Y cuanto más se tenía, parecía que más se necesitaba.
Pero había llegado a una tercera etapa que le preocupaba todavía más.
La etapa de parecer.
Parecer feliz aunque no lo fuéramos.
Parecer fuertes cuando por dentro estábamos agotados.
Parecer seguros cuando teníamos miedo.
Parecer que todo iba bien cuando necesitábamos ayuda.
Parecer que éramos quienes los demás esperaban que fuéramos.
Y así comenzamos a vivir detrás de pequeñas máscaras.
Sonreímos cuando queremos llorar.
Decimos que estamos bien cuando no lo estamos.
Callamos lo que sentimos para no incomodar.
Aceptamos situaciones que no deseamos para no decepcionar.
Y poco a poco podemos llegar a olvidar algo fundamental: quiénes somos cuando nadie nos está mirando.
La mujer hizo entonces una pausa.
—Podemos engañar durante un tiempo a los demás —continuó—. Incluso podemos llegar a engañarnos a nosotros mismos. Pero hay un lugar donde resulta mucho más difícil esconderse.
Señaló el espejo que tenía delante.
—Nuestra propia conciencia.
Porque tarde o temprano llega ese momento en el que nos quedamos a solas con nosotros mismos.
Y entonces ya no importan las apariencias.
No importa cuánto hayamos conseguido.
No importa cuántas veces hayamos dicho que todo estaba bien.
No importa el personaje que hayamos representado ante los demás.
Solo queda una pregunta:
¿Estoy siendo realmente quien quiero ser?
Quizá por eso las personas auténticas llaman tanto nuestra atención.
No necesitan demostrar constantemente quiénes son.
No viven intentando impresionar.
No tienen que construir una versión diferente de sí mismas para cada persona que encuentran.
Pueden reconocer sus errores.
Pueden decir «no lo sé».
Pueden pedir ayuda.
Pueden mostrar sus sentimientos.
Y, sobre todo, pueden mirarse al espejo sin tener que recordar qué personaje estaban interpretando.
Porque ser auténtico no significa ser perfecto.
Significa ser coherente con aquello que sentimos, pensamos y hacemos.
Y quizá esa sea una de las formas más tranquilas de vivir.
Vivimos rodeados de imágenes.
De vidas aparentemente perfectas.
De sonrisas que no siempre sabemos qué esconden.
De personas que parecen tenerlo todo bajo control.
Y, sin darnos cuenta, podemos comenzar a compararnos con aquello que vemos.
Entonces intentamos parecer.
Parecer más felices.
Más fuertes.
Más exitosos.
Más seguros.
Más jóvenes.
Más importantes.
Hasta que un día descubrimos que mantener una imagen también cansa.
Mucho.
Porque fingir durante demasiado tiempo termina alejándonos de nosotros mismos.
Por eso quizá deberíamos concedernos el permiso de ser un poco más humanos.
Aceptar que no siempre estamos bien.
Que podemos equivocarnos.
Que podemos cambiar de opinión.
Que algunas veces necesitamos que alguien nos tienda la mano.
Que no tenemos que demostrar nada para merecer nuestro propio cariño.
No necesitamos ser perfectos para ser valiosos.
Ni tener mucho para sentir que nuestra vida tiene sentido.
Ni parecer felices para poder serlo.
Tal vez la verdadera libertad comience cuando dejamos de preguntarnos cómo nos ven los demás y empezamos a preguntarnos cómo queremos vivir nosotros.
Porque las apariencias pueden engañar a cualquiera…
pero cuando llega el silencio y nos quedamos frente al espejo,
hay una persona a la que no podemos engañar.
A nosotros mismos.
Y quizá vivir de verdad consista, sencillamente, en poder mirarnos y reconocer a la persona que tenemos delante.
Sin máscaras.
Sin disfraces.
Sin necesidad de parecer.
Simplemente siendo.





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