Cuatro maneras sencillas de relacionarnos con los demás y, sobre todo, con nosotros mismos.
A veces necesitamos muy pocas cosas para vivir un poco mejor. No grandes fórmulas ni respuestas para todo, sino algunas ideas sencillas que nos ayuden a mirar nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Algo que parece sencillo, pero que no siempre resulta fácil de llevar a la práctica.
No supongas
No des nada por hecho.
Cuando tengas una duda, pregunta. Cuando algo no esté claro, habla de ello.
Muchas veces sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que realmente está ocurriendo. Una mirada que interpretamos de una manera, un silencio al que damos un significado, una palabra que creemos que escondía otra intención…
Y así vamos construyendo historias en nuestra cabeza que quizá nunca fueron ciertas.
Preguntar puede evitar muchos malentendidos.
Y hablar a tiempo puede ahorrarnos más de un dolor.
Cuida tus palabras
Las palabras tienen mucho más peso del que a veces imaginamos.
Pueden acercar o alejar, aliviar una tristeza o dejar una herida que tarde mucho en desaparecer.
Por eso merece la pena intentar que nuestras palabras sean coherentes con lo que sentimos y con la persona que queremos ser.
Decir lo que pensamos no significa decirlo de cualquier manera.
También podemos ser sinceros sin hacer daño, reconocer cuando nos hemos equivocado y aprender a decir “lo siento” cuando sea necesario.
Cuidar nuestras palabras también es una forma de cuidarnos a nosotros mismos.
Haz lo mejor que puedas
No siempre podremos hacerlo todo bien.
Habrá días en los que tendremos más fuerzas y otros en los que apenas podremos con lo necesario. Habrá decisiones que tomaremos convencidos y que, con el tiempo, descubriremos que quizá no fueron las mejores.
Pero podemos intentar hacer las cosas lo mejor que sepamos en cada momento.
Y recordar que nuestro mejor esfuerzo no siempre será el mismo.
A veces dar lo mejor de nosotros significa avanzar mucho.
Y otras veces significa simplemente no rendirnos.
No te tomes todo como algo personal
No todo lo que los demás hacen o dicen tiene que ver con nosotros.
Cada persona lleva consigo su propia historia, sus preocupaciones, sus heridas y sus maneras de enfrentarse a la vida.
Alguien puede estar enfadado y nosotros no ser la causa.
Alguien puede alejarnos y no significar que no tengamos valor.
Alguien puede decir algo injusto y eso no convierte sus palabras en una verdad.
Aprender a no cargar con todo lo que viene de los demás también es una forma de proteger nuestra tranquilidad.
No podemos controlar lo que otras personas piensan, dicen o hacen.
Pero sí podemos decidir cuánto espacio queremos darles dentro de nosotros.
Quizá estos cuatro acuerdos no sean tan fáciles de cumplir como parecen.
Porque todos suponemos alguna vez.
Todos decimos palabras que después querríamos retirar.
Todos tenemos días en los que no damos lo mejor de nosotros.
Y todos nos tomamos alguna cosa demasiado a pecho.
Pero quizá no se trate de hacerlo perfecto.
Quizá se trate simplemente de recordarlo.
De preguntar en lugar de imaginar.
De hablar con cuidado.
De hacer lo que podamos con lo que tenemos.
Y de aprender, poco a poco, a dejar fuera de nuestro corazón aquello que no nos corresponde.
Cuatro ideas sencillas.
Cuatro pequeños acuerdos con nosotros mismos.
Y quizá, si empezamos a practicarlos, descubramos que algunas cosas de nuestra vida pueden cambiar de una manera mucho más sencilla de lo que pensábamos.





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