Unas palabras que quedaron para siempre
Hoy quiero tener un recuerdo muy especial para mi tío, en este rincón que también guarda una parte de mi historia. Por eso, en este rincón tan especial para mí, quiero compartir algo que tiene un valor muy íntimo: las dos últimas frases que escribió y la reflexión que mi padre hizo sobre ellas un año después de su muerte. Mi padre ya no está tampoco. Y quizá por eso estas palabras tienen hoy para mí un significado todavía más profundo.
Mi tío, Aurelio García Cantalapiedra, Piti, El editor de la belleza y el guardián de las palabras, una figura muy vinculada a la vida cultural de Torrelavega y de Cantabria.
A lo largo de su vida dejó una importante obra escrita y participó activamente en numerosos proyectos culturales y literarios. Fue editor, director de la revista Peña Labra, responsable durante años de la actividad cultural de la Fundación Santillana y Cronista Oficial de Torrelavega.
Cuando se recuerda un acontecimiento como este, y más aún cuando el difunto es un hermano, se hace tremendamente difícil escribir sobre ello. Pero, en mi caso, esa dificultad se convierte en un deseo casi incontrolable de hacerlo.
Los motivos podrían ser muchos. Podría hablar de su trayectoria cultural, pero sobre eso ya se ha escrito mucho y todos hemos podido conocerla y vivirla de una forma continuada. Fueron muchos los homenajes y las concesiones de honores que recibió.
Yo, sin embargo, pretendo escribir sobre algo que tuve el honor de recibir directamente de él.
Quizá lo que voy a contar sea, para algunos, una nimiedad. Para mí, en cambio, ha sido algo que me ha marcado y que espero que también pueda hacer pensar a más de uno.
En los últimos años, cuando veníamos desde Tenerife a pasar el verano en Torrelavega, paseábamos por las tardes con Aurelio y Rosita. Íbamos por la Avenida de España y por el Parque Manuel Barquín, dando un paseo lento y cansino. Después terminábamos sentándonos en una cafetería, cerca de casa.
Hago referencia a esto último porque era allí donde hablábamos de su vida cultural y donde yo insistía en que le vendría bien escribir algo para estar más entretenido.
Su contestación era siempre la misma:
—Mira, para escribir no es solamente coger la pluma estilográfica y emborronar unas hojas de papel. Es necesario que salga de aquí.
Y señalaba su cabeza.
Al parecer, mis peticiones fueron animándolo. Un día, nada más llegar a su casa, me dijo muy contento:
—He escrito una frase.
Me la leyó y yo la grabé. Fue una frase que a mí me ha hecho pensar muchas veces sobre su significado y, posiblemente, a más de uno le ocurrirá lo mismo.
La frase decía:
«Las nubes son el primer lugar de tránsito de las almas, de los seres humanos muertos, cuando van en busca de la eternidad divina».
El sentido de esta frase puede resultar normal para algunos, pero para otros quizá sea algo extraño.
Para mí refleja una situación muy clara. Aurelio veía cercana su situación final, sentía que su vida se iba agotando y, seguramente, empezaban a surgirle preguntas sobre lo que podía haber después de la muerte.
No creo que mi interpretación sea desacertada. Es lógica y, sobre todo, completamente humana. Es normal que quien se encuentra en una situación como la de Aurelio, independientemente de su forma de pensar, se plantee estas cuestiones, las piense y, de alguna manera, intente expresarlas.
Otro día me sorprendió con otra frase. Y esta sí fue su última frase escrita:
«La poesía de Juan Ramón Jiménez, en nuestros años jóvenes de acentuado lirismo, fue el lugar apropiado para buscar en ella, apasionados por aquel afán inagotable de apetencia lírica».
Esta última frase añade, para mí, algún dato más que confirma la interpretación que hice de la anterior. Aurelio estaba analizando su vida: primero su futuro, que era el que tenía más cerca, y después su pasado.
Eran muchas las horas que pasaba sentado en su sillón, sin hacer nada, simplemente pensando. Estoy seguro de que el contenido de ambas frases pasó por su cabeza en multitud de ocasiones.
Esto es lo que he venido pensando y analizando durante este último año sobre aquellas dos frases.
Puede que mi interpretación sea acertada o puede que no. Pero es la que yo siento y la que hoy quiero dejar por escrito.
José Ángel García Cantalapiedra
He querido recuperar estas palabras de mi padre porque hablan de alguien que fue mucho más que mi tío: fue también mi padrino y una persona muy importante en mi vida.
Hoy, tantos años después, volver a leer las últimas frases que escribió y las palabras que mi padre dedicó a ellas me hace sentir que, de alguna manera, los dos vuelven a sentarse juntos en aquella mesa, hablando de libros, de la vida y de todas esas cosas que quizá nunca terminamos de comprender.
Mi tío dejó muchas páginas escritas a lo largo de su vida. Pero estas dos frases tienen para mí un significado especial, porque fueron las últimas.
Y las palabras de mi padre tienen otro valor todavía mayor: hoy también forman parte de su recuerdo.
Por eso he querido guardar este pequeño homenaje aquí, en este rincón de mi historia, para que sus nombres, sus palabras y el cariño que los unió sigan teniendo un lugar.
Hay seres humanos que no pasan por la vida haciendo ruido, sino sembrando luz.





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