A veces hay que confiar para poder recibir
Hay momentos en los que la vida nos coloca ante una elección difícil: aferrarnos a lo poco que tenemos por miedo a perderlo, o confiar y dar un paso que no sabemos adónde nos llevará. Esta historia habla precisamente de eso: de confianza, generosidad y de lo que puede ocurrir cuando nos atrevemos a compartir.
Cuando ya casi había perdido la esperanza, divisó una pequeña cabaña abandonada.
Se acercó como pudo y encontró un rincón de sombra donde descansar. Al mirar alrededor descubrió, a unos metros, una vieja bomba de agua cubierta de polvo y óxido.
Se arrastró hasta ella y comenzó a mover la palanca.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Pero no salió ni una gota.
Desanimado, se dejó caer junto a la bomba. Entonces vio una botella que estaba a su lado.
La tomó, la limpió y descubrió que todavía contenía agua.
Pero junto a ella había una nota:
Utiliza toda esta agua para poner en funcionamiento la bomba. Después, antes de marcharte, vuelve a llenar la botella para la próxima persona que pase por aquí.
El hombre miró la botella.
Tenía agua suficiente para calmar su sed y quizá salvar su vida.
Pero también podía echarla toda en aquella vieja bomba, sin ninguna garantía de que funcionara.
Durante unos instantes permaneció indeciso.
¿Qué ocurriría si la bomba no respondía?
Habría perdido la única agua que tenía.
El miedo le decía que bebiera.
La nota le pedía que confiara.
Finalmente, respiró profundamente y decidió arriesgarse.
Vertió toda el agua de la botella dentro de la bomba.
Después comenzó a mover la palanca.
Al principio no ocurrió nada.
Solo se escuchó el chirrido del viejo mecanismo.
Siguió intentándolo.
Y entonces apareció una pequeña gota.
Después otra.
Hasta que, de repente, comenzó a salir un abundante chorro de agua fresca y cristalina.
El hombre bebió hasta saciarse.
Después llenó varias veces la botella para llevar agua consigo y, antes de marcharse, volvió a llenarla por completo.
Tomó la nota y añadió unas palabras para quien llegara después:
Confía en mí. Funciona. Pero primero tienes que dar toda el agua.
Y dejó la botella allí, esperando a otro viajero.
Reflexión final:
A veces tenemos tanto miedo de perder lo poco que poseemos que olvidamos que algunas cosas solo pueden crecer cuando nos atrevemos a compartirlas.
La confianza no significa cerrar los ojos y esperar que todo salga bien. Significa dar un paso aun cuando no tenemos todas las garantías.
Y quizá lo más bonito de esta historia no sea que aquel hombre encontró agua, sino que, después de saciar su sed, pensó en quien todavía no había llegado.
Porque cuando recibimos algo que nos ayuda a seguir adelante, también podemos convertirnos en el motivo por el que otra persona encuentre fuerzas para continuar.
Hay cosas que, cuando las compartimos, no disminuyen. Se multiplican.






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