Dentro de nosotros viven muchas emociones. Algunas las conocemos bien; otras esperan, en silencio, a que nos atrevamos a abrir su cajón.
Hondo, muy hondo dentro de nosotros, hay un lugar al que casi nunca prestamos atención.
No podemos verlo ni tocarlo, pero sabemos que está ahí. Es ese rincón donde guardamos lo que sentimos, lo que recordamos, lo que nos duele y también aquello que nos hace felices.
Me gusta imaginar que allí vive un pequeño pájaro.
El pájaro del alma.
No es un pájaro como los demás. Este conoce todo lo que nos pasa por dentro. Sabe cuándo estamos alegres, cuándo algo nos ha hecho daño, cuándo necesitamos un abrazo o cuándo preferimos que nadie nos pregunte nada.
Cuando alguien nos quiere, el pájaro parece ponerse a saltar de alegría.
Cuando alguien nos hiere, se queda quieto y encoge sus alas.
Si alguien nos abraza de verdad, de esos abrazos que no necesitan palabras, parece que se hace un poquito más grande y ocupa todo nuestro interior.
Y si alguien pronuncia nuestro nombre con cariño, levanta la cabeza y escucha.
Porque el pájaro está atento. Mucho más de lo que creemos.
Pero hay algo curioso en él.
Tiene muchos cajones.
Un cajón para la alegría, otro para la tristeza. Uno para la esperanza y otro para la decepción. Hay un cajón donde guarda la paciencia y otro donde se esconde la impaciencia. También tiene uno para los recuerdos, otro para los miedos, otro para los secretos que apenas nos atrevemos a reconocer.
Y seguramente tiene muchos más.
Cada emoción tiene su propio lugar.
El problema es que esos cajones tienen llave y no siempre somos nosotros quienes decidimos cuál se abre.
A veces queremos estar tranquilos y, sin saber muy bien por qué, se abre el cajón de la preocupación.
Queremos escuchar a alguien con paciencia y aparece la impaciencia.
Queremos olvidar algo que nos hizo daño y, justo cuando pensábamos que lo habíamos conseguido, se abre el cajón del recuerdo.
También ocurre al contrario.
Un día cualquiera, cuando menos lo esperamos, se abre el cajón de la alegría.
Y una pequeña cosa —una conversación, una canción, una taza de café, una mirada, un rayo de sol entrando por la ventana— consigue cambiarnos el día entero.
Por eso no hay dos pájaros iguales.
Cada uno lleva sus propios cajones, sus propias llaves y sus propias historias.
Hay personas que tienen muy a mano el cajón de la risa.
Otras necesitan tiempo para encontrar el de la esperanza.
Algunas han aprendido a cerrar el cajón de la tristeza demasiado deprisa, porque les da miedo mirar lo que hay dentro.
Y otras lo dejan abierto durante demasiado tiempo.
Quizá lo importante no sea conseguir que nuestro pájaro abra siempre los cajones que nosotros queremos.
Quizá sea aprender a escucharlo.
Porque el pájaro también habla.
Lo hace bajito, casi en un susurro.
Nos avisa cuando algo nos está haciendo daño. Nos recuerda aquello que necesitamos. Nos dice que estamos cansados, que echamos de menos a alguien, que necesitamos parar, que hay algo que todavía no hemos perdonado o que, sencillamente, llevamos demasiado tiempo sin hacer aquello que nos hace bien.
Pero muchas veces estamos tan ocupados que no lo escuchamos.
Seguimos adelante.
Un día detrás de otro.
Hasta que llega la noche, se apaga el ruido y nos quedamos a solas con nosotros mismos.
Entonces quizá podamos oírlo.
Ahí está.
Hondo, muy hondo.
Esperando tranquilamente a que abramos la puerta y le prestemos un poco de atención.
Porque, al fin y al cabo, conocernos también significa aprender a escuchar lo que llevamos dentro.
Reflexión final:
A veces pasamos tanto tiempo pendientes de lo que ocurre fuera que nos olvidamos de mirar un poquito hacia dentro.
Sabemos perfectamente cuándo tenemos que contestar un mensaje, hacer una llamada, cumplir con algo o resolver un problema. Pero no siempre sabemos cuándo necesitamos parar.
Y quizá nuestro pequeño pájaro lleve un rato intentando decírnoslo.
Tal vez nos esté pidiendo descanso. O compañía. O silencio. Tal vez haya un cajón que llevamos demasiado tiempo sin abrir porque todavía duele lo que encontramos dentro.
No pasa nada.
No tenemos que abrirlos todos de golpe.
Podemos hacerlo despacio, cuando estemos preparados.
Porque conocernos no consiste en tener siempre todo bajo control. También consiste en reconocer lo que sentimos, hacerle un poco de sitio y aprender a convivir con ello.
Y quizá esta noche, cuando todo esté tranquilo, podamos preguntarnos simplemente:
¿Qué cajón lleva hoy mi pájaro del alma intentando abrir?






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