Hay emociones que no vienen a quedarse, sino a mostrarnos algo que necesitábamos escuchar.
A veces queremos apartar la tristeza cuanto antes. Hacemos como si no estuviera, nos llenamos de cosas para no pensar o intentamos convencernos de que todo está bien. Pero la tristeza también necesita su espacio.
Si ha llegado, quizá sea porque hay algo dentro de ti que necesita ser escuchado.
La tristeza puede ser una pausa. Un momento para detenernos y mirar hacia dentro, lejos del ruido de todos los días.
Puede hablarnos de una pérdida, de una decepción, de algo que nos dolió o simplemente de un cansancio que llevábamos demasiado tiempo guardando.
No tienes que avergonzarte por sentirla.
No todos los días son soleados. También existen las tardes grises, las noches largas y esos momentos en los que necesitamos estar un poco a solas con nosotros mismos.
Déjala hablar a su manera.
Quizá no tenga respuestas, pero sí preguntas que llevabas tiempo evitando.
Y quizá, cuando hayas podido escucharla sin miedo, empiece a dejar espacio para algo nuevo.
Porque ninguna emoción ocupa para siempre el mismo lugar.
La tristeza cambia, se transforma, pierde intensidad.
Y un día, casi sin darte cuenta, vuelve a entrar la luz por esa ventana que parecía cerrada.
Puede que no sea la misma alegría de antes.
Puede que sea una alegría más tranquila, más consciente, nacida de haberte permitido sentir todo lo que necesitabas sentir.
Por eso, si alguna vez la tristeza llama a tu puerta, no tengas tanta prisa por echarla.
Ábrele un poco de espacio.
Escúchala.
Y cuando esté preparada para marcharse, déjala ir.
Sin reproches.
Sin culpa.
Y sin olvidar que tú también sigues ahí.





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