Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


La Colcha

Lo que damos también deja huella

A veces creemos que ayudar a alguien es una obligación que nos quita tiempo, espacio o tranquilidad. Pero hay gestos que, aunque parezcan pequeños, pueden decir mucho de quiénes somos. Esta es una de esas historias que nos recuerda que la vida tiene una memoria muy especial.


Había una vez un matrimonio de ancianos que había dedicado su vida a cuidar de su hijo. No tenían grandes riquezas, pero le dieron todo lo que pudieron: amor, educación, consejos y la oportunidad de construir su propio camino.

El hijo creció, se casó y consiguió una buena posición económica. Poco a poco, su vida se llenó de comodidades, trabajo y nuevas preocupaciones. Y, casi sin darse cuenta, sus padres fueron quedando cada vez más lejos.

Ellos nunca le pidieron nada.

Habían dado por amor, sin esperar que algún día les devolviera cada uno de aquellos esfuerzos.

Pasaron los años y la anciana murió.

Para el viejo, aquella pérdida lo dejó completamente solo. La casa, que durante tantos años había compartido con su esposa, comenzó a parecerle demasiado grande. Los días se hicieron largos y el silencio pesaba más de lo que podía soportar.

No quería molestar a su hijo.

Pero llegó un momento en que comprendió que necesitaba compañía y decidió pedirle que lo dejara vivir con él.

Cuando llegó a su casa, su hijo lo recibió con una sonrisa.

—Papá, claro que puedes venir. Esta también es tu casa.

El anciano respiró aliviado.

—Hijo, quizá no me he explicado bien. No quiero quedarme unos días. Necesito vivir aquí contigo. Desde que murió tu madre me siento muy solo.

La sonrisa del hijo desapareció poco a poco.

Comenzó a buscar excusas.

Que la casa no era tan grande como parecía. Que los niños necesitaban sus habitaciones. Que su esposa no estaría de acuerdo. Que las cosas serían complicadas...

El anciano escuchó en silencio.

Mientras esperaba una respuesta, vio que su nieto entraba en una de las habitaciones con unas tijeras en la mano.

El niño se acercó a una cama y comenzó a cortar una colcha por la mitad.

El abuelo lo observó sorprendido.

—¿Qué estás haciendo?

El pequeño levantó la mirada y respondió con toda naturalidad:

—Estoy guardando esta mitad para cuando tú seas mayor y vengas a pedirme que te deje vivir en mi casa.

El silencio que siguió fue mucho más fuerte que cualquier palabra.

Aquella frase, dicha con la inocencia de un niño, hizo que el padre comprendiera de repente lo que estaba haciendo.

Había olvidado que los hijos aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que les decimos.

Y quizá también había olvidado algo todavía más importante: que el amor, el cuidado y la forma en que tratamos a los demás dejan una huella que puede permanecer durante generaciones.

Reflexión final

No siempre podemos devolver todo lo que alguien ha hecho por nosotros, pero sí podemos decidir cómo tratamos a quienes un día necesitan de nuestra mano.

Porque ayudar no debería sentirse como una carga cuando quien está delante de nosotros necesita simplemente un poco de compañía, paciencia o cariño.

Nunca sabemos cuándo seremos nosotros quienes necesitemos que alguien abra una puerta.

Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de esta historia: lo que damos no desaparece. De alguna manera, queda sembrado en quienes nos rodean.

Por eso, antes de cerrar una puerta a quien nos necesita, pensemos en la huella que queremos dejar al otro lado.


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