Sobre cómo el amor necesita espacio para instalarse de verdad.
Hace tiempo leí un texto que comparaba el amor con un programa de ordenador: algo que hay que instalar, que necesita borrar antes ciertos archivos —el resentimiento, el dolor pasado, la baja autoestima— para poder funcionar bien. Me hizo sonreír, pero también me hizo pensar. Porque, en el fondo, tenía razón.
El amor no llega ya instalado y funcionando para siempre. Hay que hacerle sitio.
A veces cargamos con tanto ruido interior —viejas heridas, rencores que no hemos soltado, la costumbre de no creernos merecedores de nada bueno— que, aunque el amor llegue, no encuentra dónde quedarse.
Por eso, antes de esperar que alguien nos quiera bien, quizá el primer paso sea preguntarnos si nosotros nos queremos bien a nosotros mismos.
Perdonar lo que ya pasó.
Soltar lo que ya no sirve.
Hacer espacio.
Porque el amor, como cualquier cosa buena, necesita un lugar limpio donde crecer.
Y cuando por fin se instala de verdad, no se queda callado: se nota. En la calma que llega. En la sonrisa que vuelve. En las ganas de compartirlo con quien tenemos cerca.
Al final, quizá el amor no sea tan distinto de cualquier otra cosa valiosa en la vida: no basta con desearlo. Hay que estar dispuestos a hacerle sitio.






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