Porque vivir también significa elegir, equivocarse, volver a empezar y descubrir qué hay al otro lado del miedo.
A veces buscamos tanto la seguridad que terminamos viviendo a medias. Queremos saber qué ocurrirá antes de dar un paso, amar sin miedo a sufrir y avanzar sin posibilidad de equivocarnos. Quizá vivir de verdad consista precisamente en eso: atrevernos a dar el paso, aun sin saber exactamente dónde nos llevará.
Siempre corremos el riesgo.
Cuando pensamos lo que hacemos y también cuando actuamos sin pensarlo demasiado.
Cuando corremos y cuando caminamos despacio.
Cuando decimos lo que sentimos y cuando guardamos silencio.
Cuando tomamos una decisión y cuando dejamos que otros decidan por nosotros.
Cuando lloramos y cuando reímos.
Siempre corremos el riesgo.
Cuando nos atrevemos y cuando nos acobardamos.
Cuando decimos la verdad y cuando escondemos lo que sentimos.
Cuando apostamos por alguien y cuando decidimos protegernos.
Podemos enamorarnos de quien nos corresponde
o amar a quien nunca llegará a amarnos como esperamos.
Podemos equivocarnos, pero también acertar.
Podemos apostar por un camino y descubrir después que no era el nuestro.
Y podemos pasar tanto tiempo intentando tenerlo todo bajo control que olvidemos que vivir nunca ha sido una cuestión de certezas.
Siempre corremos el riesgo.
De tomar un camino equivocado o de pensar que el nuestro es el único posible.
De atrevernos o de quedarnos quietos.
De creer que podemos o convencernos de que no somos capaces.
De abrir una puerta o cerrarla antes de saber qué había detrás.
Porque ser nosotros mismos tampoco es fácil.
Pero renunciar a quienes somos para vivir según lo que otros esperan de nosotros tiene un precio demasiado alto.
Siempre corremos el riesgo.
Cuando confiamos y cuando desconfiamos.
Cuando somos felices y cuando atravesamos días difíciles.
Cuando nos acercamos y cuando necesitamos alejarnos.
Cuando abrimos el corazón y cuando levantamos barreras.
Cuando vemos una luz y cuando caminamos a oscuras.
Cuando elegimos algo nuevo y cuando nos aferramos a lo conocido simplemente porque nos resulta cómodo.
Cuando nos reímos de nuestros propios errores y cuando nos castigamos demasiado por ellos.
Siempre corremos el riesgo.
De empezar de nuevo.
De descubrir algo que no conocíamos.
De soltar aquello que ya no nos hace bien.
De llegar demasiado pronto o pensar que hemos llegado demasiado tarde.
De construir y también de tener que reconstruir.
De caer y de levantarnos.
De mirar nuestra historia con otros ojos y descubrir que, incluso en los momentos más difíciles, hubo algo que aprendimos.
Siempre corremos el riesgo.
Cuando pedimos perdón.
Cuando damos las gracias.
Cuando decimos «te quiero».
Cuando reconocemos que nos hemos equivocado.
Cuando cuidamos de los demás y cuando, por fin, aprendemos a cuidarnos también a nosotros mismos.
Cuando compartimos lo que sentimos y cuando decidimos dejar de guardarlo todo dentro.
Cuando nos miramos al espejo y nos reconocemos.
Y también cuando necesitamos volver a encontrarnos.
Siempre corremos el riesgo.
De ilusionarnos.
De buscar.
De no encontrar.
De tropezar.
De volver a intentarlo.
De descubrir que aquello que creíamos perdido todavía puede tener un lugar en nuestra vida.
De salir al encuentro de alguien y regresar con las manos vacías.
Pero también de encontrarnos, sin esperarlo, con una persona, una palabra, una mirada o un momento capaz de cambiar nuestro día.
Porque incluso escribir estas palabras es un riesgo.
Escribir lo que pensamos.
Contar lo que sentimos.
Dejar que alguien nos lea y quizá se reconozca un poco en aquello que hemos escrito.
Y quizá ese sea uno de los riesgos más bonitos:
atrevernos a ser quienes somos.
Por eso no apuestes siempre por lo seguro.
No necesitas tener todas las respuestas antes de empezar.
No necesitas saber cómo terminará la historia para dar el siguiente paso.
Mira un poco más allá del miedo.
Abre una puerta.
Haz esa llamada.
Di aquello que llevas tiempo callando.
Empieza de nuevo si lo necesitas.
Ama.
Sueña.
Equivócate.
Aprende.
Y vuelve a intentarlo.
Porque la vida no nos promete que no vamos a caer.
Pero sí nos ofrece, una y otra vez, la posibilidad de levantarnos.
Atrévete a correr el riesgo.
Quizá al otro lado no esté la vida perfecta.
Quizá simplemente esté la vida que todavía te queda por vivir.





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