No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí cómo decidimos vivirlo.
Hay cosas que no podemos elegir: lo que nos sucede, las pérdidas, los cambios, las personas que llegan o se marchan.Pero incluso en medio de todo aquello que escapa a nuestras manos, hay algo que sigue siendo nuestro: la manera en que elegimos caminar por la vida.
No quise dormir sin sueños, y elegí la ilusión que me despierta, el horizonte que me espera, el proyecto que me llena. Elegí no conformarme con una vida vacía, vivida únicamente para sobrevivir cada día.
No quise vivir en la angustia, y elegí la paz y la esperanza, la luz y ese llanto que desahoga y libera. Elegí expresar lo que siento y buscar soluciones, en lugar de quedarme atrapado en la queja.
No quise vivir cansado, y elegí el descanso de un amigo, la cercanía de un abrazo y un camino compartido. Elegí avanzar despacio cuando fuera necesario, disfrutar del paisaje y recordar que llegar más rápido no siempre significa llegar mejor.
No quise huir, y elegí mirar de frente, levantar la cabeza y enfrentarme a mis miedos y a mis fantasmas. Porque darles la espalda no hace que desaparezcan.
No pude olvidar mis errores, pero elegí perdonarme, quererme y aprender a convivir con mis imperfecciones. Elegí reconocer mis heridas, descubrir mis fortalezas y dejar de lamentarme por aquello que ya no podía cambiar.
Elegí aceptar mi pasado sin permitir que siguiera decidiendo mi futuro.
No quise vivir en soledad, y elegí la alegría de descubrir al otro, de dar, de compartir y de abrir el corazón.
Elegí el amor.
Y hubo muchas cosas que no elegí.
Llegaron de repente y cambiaron mi vida. Algunas fueron buenas y otras dolorosas. Hubo caminos en los que me perdí, personas que llegaron y después se fueron, sueños que cambiaron y situaciones que nunca imaginé vivir.
Pero elegí, al menos, cómo vivirlas.
Elegí los sueños para decorarla, la esperanza para sostenerla y la valentía para afrontarla.
No quise limitarme a existir. Elegí vivir.
Y quizá esa sea una de las decisiones más importantes que podemos tomar: no esperar a que la vida sea exactamente como queremos para empezar a vivirla.
Porque no siempre podemos elegir el camino.
Pero podemos elegir cómo recorrerlo.
Elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte, aunque esa sea una de las pocas cosas que no puedo elegir.
Porque mientras llegue ese momento, quiero haber vivido.
Quiero morir viviendo.
Reflexión final
A veces la vida elige por nosotros. Nos pone delante situaciones que jamás habríamos escogido y nos obliga a cambiar de rumbo.
Pero incluso entonces queda una pequeña parcela que nadie puede quitarnos: nuestra capacidad de elegir cómo responder, qué conservar, qué soltar y hacia dónde seguir caminando.
Quizá vivir no sea tener siempre el camino que deseamos, sino aprender a caminar con lo que tenemos y seguir encontrando motivos para hacerlo.
Porque mientras podamos elegir esperanza, amor y vida, todavía queda mucho camino por recorrer.





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