Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Amar


Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo de verdad.

Es mirar más allá de sus máscaras y sus defensas, descubrir sus miedos, sus esperanzas, sus alegrías y también esas heridas que quizá no muestra a cualquiera. Es comprender que detrás de muchas actitudes hay una historia que desconocemos, y que no siempre sabemos qué está viviendo la persona que tenemos delante.

Amar es escuchar con atención, con interés y con respeto.

Es aceptar que el otro puede sentir y pensar de manera diferente a nosotros, sin intentar convertirlo en aquello que creemos que debería ser.

Es respetar su camino, sus decisiones y su manera de entender la vida.

Amar no es moldear al otro a nuestra imagen. Es permitirle ser quien es.

También significa confiar en que cada persona tiene derecho a equivocarse, aprender, cambiar y levantarse después de una caída.

Pero amar no consiste únicamente en comprender al otro.

También es atreverse a mostrarnos tal como somos, sin máscaras ni personajes. Poder decir lo que sentimos, expresar nuestras necesidades y compartir nuestra verdad sin miedo a ser juzgados.

Es aprender a decir:

«Esto soy. Esto siento. Esto necesito».

Y hacerlo desde la honestidad, no desde la exigencia.

Amar es acompañar cuando el otro lo necesita, ofrecer una mano cuando flaquea, compartir una alegría, escuchar una tristeza y estar presente sin intentar solucionar siempre aquello que simplemente necesita ser escuchado.

Es disfrutar de estar juntos por elección, no por obligación.

Es dar sin llevar una cuenta de lo que recibimos.

Es recibir también con humildad, comprendiendo que no tenemos que ser fuertes todo el tiempo ni aparentar que nada necesitamos.

Pero hay algo que nunca deberíamos olvidar:

amar también es respetarnos a nosotros mismos.

Es saber dónde están nuestros límites y tener el valor de expresarlos.

Es poder decir «no» cuando algo nos hace daño.

Es comprender que querer a alguien no significa permitirlo todo, ni aceptar aquello que nos lastima por miedo a perder la relación.

Amar es poder hablar de lo que nos molesta sin humillar, escuchar sin atacar y buscar acuerdos aun cuando existan diferencias.

Porque las diferencias no siempre destruyen una relación. A veces simplemente nos recuerdan que somos dos personas distintas.

Y si algún día los caminos tienen que separarse, quizá también exista una forma de hacerlo desde el respeto, sin borrar todo lo bueno que alguna vez compartimos.

Amar también puede ser saber despedirse cuando quedarse ya no significa crecer.

Amar es mirar al otro sin idealizarlo.

Reconocer sus virtudes y aceptar sus imperfecciones.

No esperar que sea perfecto, porque nosotros tampoco lo somos.

Es descubrir su valor incluso cuando él mismo no consigue verlo.

Y, al mismo tiempo, recordar nuestro propio valor.

Porque cuando aprendemos a amar sin exigir, a acompañar sin controlar, a dar sin perdernos y a recibir sin depender, el amor deja de ser una jaula y se convierte en un espacio donde ambos pueden respirar.

Quizá amar a un ser humano sea, en definitiva, una de las formas más profundas de reconocernos también a nosotros mismos.

Porque cuando aprendemos a mirar al otro con comprensión, respeto y ternura, también aprendemos a mirarnos de esa misma manera.

Reflexión final

Durante mucho tiempo hemos confundido el amor con necesitar, poseer, sacrificarnos o aguantar.

Pero amar no debería hacernos más pequeños.

El amor que merece la pena no te pide que dejes de ser tú para que el otro pueda quedarse.

Te permite ser, crecer, equivocarte, poner límites y seguir teniendo tu propio espacio.

Y quizá ahí esté una de las formas más bonitas de amar: caminar junto a alguien sin dejar de caminar también contigo mismo.

Y si hablamos de amor, también hablamos de todo aquello que nos enseña: las sonrisas que nos acercan, las heridas que nos hacen crecer y las despedidas que, aunque duelan, a veces nos abren la puerta a nuevas oportunidades. Quizá estas palabras también te hagan pensar: «El amor nace con una sonrisa».

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