Un cuento sobre la riqueza que no se puede comprar.
Un padre de familia acomodada llevó a su hijo a pasar un día en el campo. Quería que el niño viera lo distinta que era la vida de las familias humildes, y que valorase, por contraste, todo lo que tenían en casa.
Pasaron un día y una noche en la granja de una familia campesina, con muy pocos recursos.
De regreso a casa, el padre le preguntó:
—¿Qué te pareció el viaje?
—Muy fuerte, papá. Me hizo pensar mucho.
—¿Viste lo pobre que puede ser la gente?
—Sí.
—¿Y qué aprendiste?
El niño se quedó pensativo unos segundos, y respondió:
—Vi que nosotros tenemos una casa enorme, y cada uno su propio cuarto con todo lo que quiere. Pero los pasillos entre nuestras habitaciones son tan largos que a veces pasan días enteros sin que nos crucemos, aunque vivamos en la misma casa. Ellos, en cambio, viven en dos habitaciones pequeñas, pero están siempre juntos: se ven, hablan, comparten todo.
El padre no dijo nada. El niño continuó:
—Nosotros tenemos esa piscina enorme que hay que cuidar con máquinas todo el año. Ellos tienen un río que no se acaba nunca, con un agua preciosa, calentita, sin necesidad de nada artificial.
—Mamá compró esos faroles tan caros para el jardín, pero se rompen y dan una luz artificial. Ellos tienen las estrellas. Y las estrellas no se rompen nunca, papá.
—Y ese perro pequeño que compramos, tan nervioso... ellos tienen perros grandes, sin raza, pero que te acompañan a todas partes y te despiertan cada mañana con cariño.
El padre bajó la mirada. El niño se acercó y lo abrazó.
—Papá, te quiero muchísimo. Este viaje ha sido uno de los días más felices de mi vida, porque estuvimos juntos todo el tiempo. Tú y mamá trabajáis tanto que casi no os veo. Y esta gente, aunque tenga poco, está siempre en familia: se ven, se abrazan, incluso discuten, pero están juntos.
—Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que en realidad podríamos llegar a ser.
Reflexión final:
A veces confundimos tener mucho con vivir bien. Perseguimos comodidades, sin darnos cuenta de que lo que de verdad enriquece una vida no siempre cabe en una casa grande: es el tiempo compartido, las conversaciones sin prisa, la presencia constante de quienes queremos.
Quizá la verdadera riqueza no esté en lo que acumulamos, sino en cuánto tiempo, y cuánta vida, decidimos compartir con quienes amamos.






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