Cuando dar no significa perder
A veces entregamos tanto de nosotros mismos que, cuando no somos correspondidos, llegamos a pensar que todo aquello fue un error. Pero quizá no sea así. Quizá exista una forma distinta de mirar lo vivido: entender que haber dado con sinceridad no nos hace más débiles, sino fieles a quienes somos.
A veces nos queda una extraña sensación de vacío después de haberlo dado todo por alguien que no supo correspondernos.
Nos cuestionamos si fuimos ingenuos, si dimos de más o si debimos haber protegido mejor nuestras emociones.
Sin embargo, hay una verdad que puede resultar liberadora: no pierde quien dio desde el corazón, sino quien recibió algo sincero y no supo valorarlo.
Quien ofrece su tiempo, su lealtad y su afecto de forma genuina actúa desde la abundancia de su propio corazón.
Dar con honestidad es un reflejo de tu capacidad de amar, y eso jamás será una pérdida.
Quizá te marches con las manos vacías, pero no con el corazón vacío. Te llevas la conciencia limpia y la paz de saber que fuiste real, que diste lo que sentías y que no traicionaste tu manera de querer.
El verdadero vacío lo deja quien recibe un sentimiento sincero y lo deja marchar por orgullo, descuido o indiferencia.
Las personas que aman desde la autenticidad dejan una huella difícil de olvidar. Y, tarde o temprano, el tiempo suele enseñar el verdadero valor de aquello que dejamos marchar.
Nunca te arrepientas de haber sido luz, aunque alguien no haya sabido qué hacer con tu brillo.
Porque haber amado de verdad nunca será motivo de arrepentimiento.
A veces, la mayor libertad no está en que alguien nos corresponda, sino en poder marcharnos sabiendo que, por nuestra parte, fuimos sinceros.
Y quizá eso sea lo más hermoso de todo:
haber sido real.






No hay comentarios:
Publicar un comentario