Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


En busca de la verdad


Lo que vemos no siempre es toda la verdad; cada persona mira la vida desde el lugar que le ha tocado vivir.

A veces creemos que nuestra manera de ver las cosas es la única posible. Hasta que escuchamos a alguien que estuvo allí y descubrimos que vivió el mismo momento de una forma completamente distinta. Quizá por eso encontrar la verdad tenga menos que ver con tener razón y mucho más con aprender a mirar.


Lo que vemos no siempre es toda la verdad; cada persona mira la vida desde el lugar que le ha tocado vivir.

A veces creemos que nuestra manera de ver las cosas es la única posible. Hasta que escuchamos a alguien que estuvo allí y descubrimos que vivió el mismo momento de una forma completamente distinta.

Dos personas pueden mirar el mismo paisaje y quedarse con colores diferentes. Pueden escuchar las mismas palabras y entender cosas distintas. No necesariamente porque una tenga razón y la otra esté equivocada, sino porque cada una llega a ese instante con su propia historia, sus recuerdos, sus heridas y sus ilusiones.

Quizá por eso la verdad no siempre sea tan sencilla.

Con los años vamos aprendiendo que reaccionar es mucho más fácil que pensar. Que podemos hacer cosas que jamás imaginamos cuando dejamos de decirnos que no somos capaces. Y que muchas veces no podemos cambiar las circunstancias que nos rodean, pero sí podemos decidir cómo queremos afrontarlas.

También aprendemos cosas sobre las personas.

Descubrimos que querer a alguien no significa que vayamos a ser correspondidos de la misma manera. Que hay personas que nos quieren muchísimo y, sin embargo, no saben demostrarlo. Que algunas de las personas que menos esperábamos pueden ser precisamente las que aparecen cuando más las necesitamos.

Y aprendemos que la confianza tarda mucho tiempo en construirse y puede romperse en un instante.

Por eso las palabras importan.

Una palabra puede aliviar un dolor, pero también puede quedarse dentro de alguien durante años. Una verdad dicha con cuidado puede ayudar. Una verdad a medias puede hacer mucho daño. Y a veces escribir lo que sentimos, aunque nadie más llegue a leerlo, es una manera de ordenar aquello que llevamos demasiado tiempo guardando.

Con el tiempo también comprendemos que madurar no consiste simplemente en cumplir años.

Tiene más que ver con todo aquello que hemos vivido, con las veces que nos hemos equivocado, con las personas que hemos perdido, con las decisiones que nos hicieron crecer y con aquellas otras de las que todavía nos arrepentimos.

Porque sí, podemos hacer cosas por impulso y arrepentirnos después.

Podemos perder el control de nuestra actitud y descubrir demasiado tarde que era ella la que estaba llevando las riendas.

Podemos querer volver atrás.

Pero no podemos.

El ayer ya pasó y el mañana todavía no ha llegado. Lo único que tenemos de verdad entre las manos es este momento.

Y quizá deberíamos cuidar un poco más ese regalo.

No necesitamos compararnos continuamente con los demás. Cada persona tiene su propio ritmo, sus propias capacidades y sus propias batallas. No se trata de ser mejor que nadie, sino de intentar ser un poco mejores que ayer.

También he aprendido que no merece la pena intentar convencer a todo el mundo.

Habrá personas que nos entiendan y otras que no. Personas que se queden y otras que se marchen. Personas a las que querremos y que no sabrán querernos de la misma manera.

Y está bien.

No todo lo que duele tiene una explicación inmediata.

A veces solo necesitamos tiempo.

Tiempo para comprender. Para perdonar. Para perdonarnos. Para aceptar que algunas cosas no salieron como queríamos y que, aun así, nuestra historia continúa.

Y cuando miramos hacia atrás, quizá descubrimos que las cosas que realmente importaban eran mucho más sencillas de lo que pensábamos.

Las personas que queremos.

Los amigos de verdad.

Los momentos compartidos.

Las experiencias que nos hicieron crecer.

Las conversaciones que todavía recordamos.

Las veces que alguien estuvo a nuestro lado sin necesidad de preguntarle nada.

Al final, quizá la verdad que tanto buscamos no sea una gran respuesta escondida en algún lugar.

Quizá sea mucho más sencilla.

Que todos estamos aprendiendo.

Que todos nos equivocamos.

Que todos llevamos una historia que los demás no conocen.

Y que, antes de juzgar lo que alguien hace o dice, quizá deberíamos intentar comprender desde dónde está mirando.

Porque tal vez existan tres verdades: la mía, la tuya y esa verdad que solo aparece cuando somos capaces de escuchar las dos.

Y para vivir bien quizá no necesitemos hacer cosas extraordinarias.

A veces basta con hacer las cosas de cada día con un poco más de cuidado, de honestidad y de corazón.

Hagamos cosas ordinarias, extraordinariamente bien.

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