Sobre aprender a observar la mente sin dejarnos atrapar por ella.
Hay una voz que nos acompaña desde que despertamos hasta que cerramos los ojos por la noche.
Comenta, juzga, compara, se queja, teme, recuerda, imagina lo que aún no ha pasado.
A veces repite viejas heridas como si fueran noticias de última hora. Otras veces nos advierte de peligros que ni siquiera existen todavía.
Durante mucho tiempo yo confundí esa voz conmigo misma. Pensaba que sus pensamientos eran quién era yo. Que si ella se preocupaba, yo tenía que preocuparme. Que si ella juzgaba, yo tenía que estar de acuerdo.
Pero un día descubrí algo que cambió mi forma de mirar por dentro.
Yo no soy la voz. Yo soy quien la escucha.
Ese pequeño descubrimiento fue como abrir una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Empecé a practicar algo muy sencillo: cuando esa voz aparecía, en lugar de seguirla automáticamente, me detenía un instante y la observaba, como quien mira pasar una nube. Sin juzgarla. Sin pelear con ella. Solo mirándola pasar.
Y, poco a poco, comprendí que en ese pequeño espacio de silencio entre un pensamiento y otro, había algo mucho más mío que cualquier pensamiento: una calma que no dependía de lo que la voz dijera.
No siempre es fácil. Hay días en los que la voz grita más fuerte que otros. Días en los que cuesta recordar que no somos ese ruido interior, sino quien tiene la capacidad de escucharlo sin quedar atrapado en él.
Pero cada vez que lo consigo, aunque solo sea por unos segundos, siento que respiro de otra manera.
Quizá la verdadera paz no consiste en silenciar la mente para siempre. Sino en aprender a mirarla con la misma ternura con la que miramos a un niño que aún no sabe calmarse solo.
La próxima vez que esa voz vuelva a hablarte con dureza, prueba a hacer una pausa.
Y recuerda: tú no eres la voz. Tú eres quien la escucha.
Detrás de la imagen :
Esta reflexión no habla de silenciar la mente, sino de aprender a mirarla desde un lugar de calma. Porque a veces la mayor libertad no está en dejar de pensar, sino en dejar de creer que somos cada uno de nuestros pensamientos.






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