No se trata de vivir deprisa, sino de estar presentes en aquello que la vida nos regala.
Hay personas que pasan muchos años esperando el momento adecuado para vivir. Esperan sentirse seguras, tenerlo todo resuelto, dejar atrás los miedos o encontrar las circunstancias perfectas. Pero quizá vivir intensamente no tenga nada que ver con tener una vida extraordinaria, sino con atrevernos a sentir plenamente la que tenemos.
Vivir de verdad también significa atreverse a sentir, equivocarse, perder, volver a empezar y amar con todo lo que somos.
Si no tienes el coraje de aceptar aquello que no puedes cambiar,
la humildad de reconocer que puedes equivocarte en el camino,
la audacia de arriesgarte cuando algo merece la pena,
la valentía de saber perder cuando llega el momento de soltar,
la libertad de aceptar que no siempre vas a gustar a todo el mundo,
la sencillez de disfrutar de los aplausos sin necesitarlos,
la paciencia de perdonarte cuando no has sabido hacerlo mejor,
la constancia de comenzar de nuevo cada día,
la esperanza de seguir esperando incluso cuando las cosas se ponen difíciles,
y la alegría de amar y de dejarte querer...
quizá puedas pasar muchos años caminando por la vida,
pero te estarás perdiendo una parte de lo más hermoso:
la dicha de vivirla intensamente.
Porque vivir intensamente no significa hacer grandes cosas todos los días.
A veces significa algo mucho más sencillo.
Sentir.
Reír.
Llorar.
Equivocarse.
Perdonar.
Abrazar.
Decir “te quiero”.
Volver a intentarlo.
Y estar realmente presente en ese pequeño instante que tenemos delante.
La vida no se mide solamente por los años que vivimos, sino también por todo aquello que fuimos capaces de sentir mientras estuvimos aquí.





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