
El mapa invisible de nuestras sombras, elecciones y tropiezos.
A veces pensamos que avanzar significa caminar siempre erguidos y sin dudas. Sin embargo, la vida me ha enseñado que caerse, dudar y reconstruirse desde las ruinas es la forma más honesta y humilde que tenemos de aprender a vivir.
Muchas veces en la vida atravesamos momentos difíciles en los que nos toca decidir qué nuevos caminos tomar.
A veces el entusiasmo nos invade porque la ruta elegida nos confirma que acertamos, y a eso lo llamamos crecer. Otras veces nos desanimamos justo antes de retomar nuestras metas, y descubrir esa vulnerabilidad... también se llama crecer.
Crecer es una palabra cotidiana pero profunda, repleta de vida. Es un concepto al que le tengo un respeto inmenso y que valoro con el alma.
Hay días en que la parálisis nos gana la partida. Caemos en la tristeza, el desánimo y la desilusión; nos invade esa amarga sensación de no hacer nada bien. Buscamos atajos fáciles que no llevan a ningún sitio, o intentamos llenar la soledad con presencias vacías, obteniendo como resultado un vacío todavía mayor.
A veces escondemos el dolor tras una coraza impuesta, rodeándonos de cosas superfluas que solo consiguen alejarnos de nuestra esencia. El camino hacia la calma parece entonces lleno de grietas y barro, e impedidos por la niebla, olvidamos que el bienestar habita dentro de nosotros, por el simple hecho de existir.
El reloj sigue su curso, ajeno a nuestro ritmo interno. Nos sentimos agotados, sumergidos en la sombra. Pero tarde o temprano, desde lo más profundo de nuestro ser, brota una pequeña chispa de luz. Es nuestro propio instinto de vida, ese amor sincero por existir, el que nos recoloca lentamente en la senda de la empatía, el cuidado y la autenticidad.
Necesitamos a veces pasar por momentos duros, cometer errores, evitar los problemas y disfrazarnos de lo que no somos, hasta que por fin nos reencontramos con nuestros verdaderos valores. En mi caso, ese ancla son las cosas pequeñas: los detalles cotidianos, sencillos y maravillosos.
Atravesar la tormenta y superar el dolor es, también, crecer.
Estar bien y sentir plenitud es una capacidad con la que todos nacemos, pero cultivarla y compartirla requiere dedicación, tiempo y, sobre todo, afecto sincero.
Y aprender a amar, con todas sus letras... es la forma más bella de crecer.





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