
No siempre podemos elegir el agua en la que nos toca estar, pero quizá sí podamos decidir qué hacemos con ella.
Había tenido una de esas semanas en las que parece que los problemas se ponen de acuerdo para aparecer todos a la vez.
Cuando terminaba de solucionar una cosa, surgía otra.
—No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir así —le dijo a su padre—. Estoy cansada de luchar. Siento que cada vez que consigo salir de un problema, aparece uno nuevo.
Su padre la escuchó sin interrumpirla.
Después le hizo una señal para que lo acompañara hasta la cocina.
Sin decir una palabra, puso tres recipientes sobre el fuego y llenó cada uno con agua.
Cuando el agua comenzó a hervir, introdujo una zanahoria en el primero, un huevo en el segundo y unos granos de café en el tercero.
La joven observaba la escena sin entender qué pretendía hacer.
Pasados unos minutos, el padre apagó el fuego.
Sacó la zanahoria y la colocó sobre un plato.
Después tomó el huevo y lo dejó junto a ella.
Finalmente, vertió el café en una taza.
—Ven —le dijo—. Mira qué ha ocurrido.
Le pidió que apretara la zanahoria.
Estaba blanda.
—Antes de entrar en el agua era firme —dijo el padre—. Ahora se ha vuelto frágil.
Después le pidió que rompiera el huevo.
La cáscara había protegido su interior, pero el calor lo había endurecido.
Finalmente, acercó la taza de café a su hija.
—Prueba.
Ella dio un pequeño sorbo.
—Está bueno.
Su padre sonrió.
—Los tres han estado en el mismo lugar. Los tres han soportado el mismo calor. Pero cada uno ha respondido de una manera diferente.
La joven permaneció pensativa.
—¿Y qué tiene que ver esto conmigo?
Su padre señaló la taza.
—Cuando llegan los momentos difíciles, algunas personas se parecen a la zanahoria. Por fuera parecen fuertes, pero las dificultades terminan debilitándolas.
Señaló después el huevo.
—Otras empiezan siendo sensibles y abiertas, pero algunas experiencias dolorosas las endurecen. Siguen siendo las mismas por fuera, aunque por dentro ya no permiten que nada las toque.
Después volvió a mirar el café.
—Y están quienes, como estos granos, consiguen hacer algo diferente. No desaparecen ante el calor. No se limitan a resistirlo. Transforman aquello que los rodea.
La joven miró la taza.
—Entonces… ¿tengo que ser siempre como el café?
Su padre negó con la cabeza.
—No, hija.
Y añadió:
—Hay días en los que serás como la zanahoria. Otros en los que necesitarás protegerte como el huevo. Y habrá momentos en los que encontrarás dentro de ti la fuerza para ser como el café.
Hizo una pausa.
—Lo importante es que no permitas que una etapa difícil decida para siempre quién eres.
La joven volvió a mirar los tres recipientes.
Quizá por primera vez entendió que enfrentarse a la vida no significaba tener que ser fuerte todo el tiempo.
A veces también significaba aprender de lo que nos estaba pasando.
Y entonces sonrió.
No porque sus problemas hubieran desaparecido.
Sino porque había comprendido que todavía podía decidir cómo quería atravesarlos.
Todos atravesamos alguna vez nuestro propio recipiente de agua hirviendo.
Hay temporadas en las que parece que nada sale como esperábamos.
Perdemos cosas.
Cambiamos de rumbo.
Nos decepcionan.
Tenemos que empezar de nuevo.
Y algunas heridas nos dejan más cansados de lo que somos capaces de reconocer.
Durante esos momentos es fácil pensar que tenemos que ser fuertes y positivos todo el tiempo.
Pero yo no creo que sea así.
También tenemos derecho a cansarnos.
A llorar.
A enfadarnos.
A decir «hoy no puedo más».
Eso no significa que hayamos perdido nuestra fortaleza.
Significa que somos humanos.
Lo importante viene después.
Cuando el dolor deja de ser solamente algo que soportamos y empezamos, poco a poco, a preguntarnos qué podemos aprender de él.
Quizá no podamos cambiar el agua.
Quizá no podamos elegir el calor que nos toca atravesar.
Pero sí podemos intentar que aquello que nos ocurre no nos quite para siempre nuestra ternura, nuestra capacidad de amar, nuestras ganas de seguir o nuestra forma de mirar el mundo.
No siempre saldremos de las dificultades convertidos en personas más fuertes.
A veces saldremos simplemente más conscientes de lo que necesitamos y de lo que ya no queremos.
Y eso también es crecer.
Por eso, si alguna vez sientes que la vida está poniendo demasiada agua hirviendo a tu alrededor, no te exijas convertirte inmediatamente en café.
Respira.
Date tiempo.
Permítete ser vulnerable.
Y cuando puedas, cuando estés preparado, intenta transformar un poquito de aquello que te rodea.
Porque quizá la verdadera enseñanza no sea elegir entre ser zanahoria, huevo o café.
Quizá sea aprender que ninguna dificultad tiene derecho a decidir por completo en quién nos convertiremos.
Y cuando llegue el momento…
elige tus propios colores.
Tu propia manera de seguir.
Tu propia forma de transformar el agua.
Porque incluso en los días más difíciles, todavía podemos decidir qué parte de nosotros queremos conservar.





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