Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Como hacerte saber


La vida no siempre sigue el camino que imaginamos, pero siempre nos ofrece algo que aprender.

A veces queremos tenerlo todo claro: saber cuándo llegará algo, cuánto durará, qué debemos hacer y hacia dónde tenemos que ir. Pero la vida no suele funcionar así. Nos sorprende, nos cambia los planes y, de vez en cuando, nos obliga a aprender sobre la marcha.


La vida no siempre sigue el camino que imaginamos, pero siempre nos ofrece algo que aprender.

A veces queremos tenerlo todo claro.

Saber cuándo llegará algo, cuánto durará, qué debemos hacer y hacia dónde tenemos que ir.

Pero la vida no suele funcionar así.

Nos sorprende, nos cambia los planes y, de vez en cuando, nos obliga a aprender sobre la marcha.

He aprendido que cada cosa tiene su momento.

Que no siempre podemos elegir cuándo empieza algo ni cuándo termina.

Y que intentar apresurar aquello que todavía necesita tiempo solo consigue que nos perdamos parte del camino.

También aprendí que abrirnos a los demás no significa entregarnos sin medida.

Podemos querer y, al mismo tiempo, poner límites.

Podemos dar cariño sin olvidarnos de nosotros mismos.

Podemos decir que no sin dejar de querer.

Y podemos reconocer que también sentimos enfado, tristeza, miedo o decepción. No somos mejores por esconder lo que sentimos. Somos humanos.

Aprendí que necesitamos a los demás mucho más de lo que a veces queremos reconocer.

Que pedir ayuda no significa ser débil.

Que recibir también es una forma de dar una oportunidad a quien nos quiere.

Y que nadie debería avergonzarse de necesitar un abrazo, una palabra o simplemente alguien que se siente a su lado cuando las cosas no van bien.

Aprendí que los afectos nos definen.

Que hay personas que nos hacen bien y otras que nos enseñan, precisamente, aquello que no queremos repetir.

Que una palabra amable puede acercarnos y que otras, dichas sin pensar, pueden levantar una distancia difícil de cruzar.

Por eso cada vez creo más en hablar.

En mirar a los ojos.

En decir las cosas de frente, pero sin hacer daño.

En preguntar antes de imaginar.

En escuchar antes de juzgar.

Porque muchas veces levantamos muros para protegernos y terminamos viviendo detrás de ellos.

Y los muros protegen, sí…

pero también separan.

Quizá por eso sería mejor construir puentes.

Puentes hacia quienes queremos.

Puentes hacia quienes alguna vez nos hicieron daño, aunque eso no signifique necesariamente volver a su lado.

Y también puentes hacia nosotros mismos.

Porque volver no siempre significa retroceder.

A veces necesitamos regresar a un lugar, a una persona o incluso a una parte de nosotros que habíamos dejado atrás para comprender cuánto hemos cambiado.

Y descubrir que regresar también puede ser una forma de avanzar.

Aprendí que no todo tiene una explicación inmediata.

Que algunas preguntas tardan años en encontrar respuesta.

Que hay cosas que no podemos cambiar y otras que sí están en nuestras manos.

Y que vivir consiste, en buena medida, en aprender a distinguir unas de otras.

No podemos controlar cada giro de nuestra historia.

No podemos decidir cuánto permanecerá alguien a nuestro lado.

No podemos evitar todas las pérdidas ni todos los días difíciles.

Pero sí podemos elegir cómo tratamos a quienes caminan con nosotros.

Podemos agradecer.

Podemos pedir perdón.

Podemos cuidar.

Podemos querer.

Podemos tender una mano.

Podemos abrir una puerta que llevábamos demasiado tiempo cerrada.

Y quizá, después de tantas vueltas, la vida nos enseña algo muy sencillo:

No somos nosotros quienes escribimos todas las normas.

La vida también tiene las suyas.

A veces nos lleva por caminos que no habíamos elegido.

Otras veces nos obliga a detenernos.

Y algunas, cuando pensábamos que todo estaba perdido, nos abre una puerta que ni siquiera sabíamos que existía.

Por eso, si pudiera hacerte saber una sola cosa, sería esta:

No tengas tanta prisa por entenderlo todo.

Vive.

Siente.

Ama.

Equivócate.

Aprende.

Construye puentes.

Y cuando la vida cambie las reglas, respira hondo y vuelve a empezar.

Porque, al final, nadie establece normas, salvo la vida.

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