
La vida también consiste en aprender a aceptar que cada momento tiene su propio tiempo.
Hay etapas que llegan sin avisar y otras que se van cuando todavía querríamos retenerlas. A veces queremos que todo ocurra cuando nosotros decidimos, pero la vida tiene sus propios ritmos. Quizá aprender a vivir también sea aprender a respetarlos.
Hay un tiempo para cada cosa, aunque a veces nos cueste entenderlo.
Hay un tiempo para comenzar y otro para terminar.
Un tiempo para sembrar y otro para recoger lo que hemos sembrado.
Hay un tiempo para reír y otro para llorar.
Un tiempo para abrazar y otro para aprender a soltar.
Hay momentos para construir y otros en los que necesitamos detenernos y dejar que algo se vaya.
Hay un tiempo para hablar y otro para guardar silencio.
Un tiempo para buscar respuestas y otro para aceptar que todavía no las tenemos.
Hay un tiempo para encontrarnos y otro para despedirnos.
Un tiempo para ganar y otro para aprender de lo que perdimos.
Hay un tiempo para amar, para cuidar, para compartir…
y también un tiempo para comprender que no todo puede quedarse para siempre.
La vida está hecha de etapas, de comienzos y de finales, de encuentros y despedidas. Y aunque muchas veces quisiéramos detener el reloj en aquellos momentos que nos hacen felices, el tiempo sigue avanzando.
Quizá vivir sea también aprender a no luchar contra cada cambio.
Aceptar que hay cosas que llegan cuando tienen que llegar y otras que se marchan cuando ya han cumplido su tiempo.
Porque todo tiene su momento.
Y nosotros también tenemos el nuestro.





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