A veces hay que abrir la puerta aunque no sepamos qué hay detrás
Hay momentos en los que la vida nos coloca delante de una puerta y no sabemos qué encontraremos al otro lado. Podemos quedarnos donde estamos, protegidos de la posibilidad de equivocarnos, o podemos atrevernos a abrirla. Porque muchas de las cosas que realmente importan llevan consigo un poco de riesgo: amar, soñar, confiar, expresar lo que sentimos o empezar de nuevo.
Quizá vivir plenamente no sea evitar todos los riesgos, sino decidir cuáles merecen la pena.
Reír es arriesgarse a parecer un tonto.
Llorar es arriesgarse a parecer sentimental.
Hacer algo por alguien es arriesgarse a involucrarse.
Expresar nuestros sentimientos es arriesgarse a mostrar nuestro verdadero yo.
Exponer nuestras ideas y nuestros sueños es arriesgarse a perderlos.
Amar es arriesgarse a no ser correspondido.
Vivir es arriesgarse a morir.
Esperar es arriesgarse a la desesperanza.
Lanzarse es arriesgarse a fallar.
Pero los riesgos deben ser tomados, porque el peligro más grande de la vida es no arriesgarse a nada.
La persona que no arriesga no hace, no tiene, no aprende.
Puede evitar algunos sufrimientos y preocupaciones, pero también puede perderse la oportunidad de aprender, sentir, cambiar, crecer, amar y vivir.
Solo quien se atreve a arriesgarse descubre hasta dónde puede llegar.
Los riesgos son como abrir una puerta hacia lo desconocido.
Y quizá nunca sepamos qué encontraremos detrás.
Pero qué hermoso es, algunas veces, reunir el valor suficiente para girar el pomo, abrir esa puerta y descubrir que al otro lado nos estaba esperando una parte de nuestro futuro.
Reflexión final
Tenemos miedo a equivocarnos.
A perder.
A sufrir.
A que las cosas no salgan como esperamos.
Y es comprensible. Nadie quiere hacerse daño.
Pero vivir completamente protegidos también tiene un precio: podemos terminar dejando pasar aquello que realmente deseábamos.
Quizá no se trate de lanzarnos sin pensar, sino de aprender a distinguir entre los riesgos que nos destruyen y aquellos que pueden hacernos crecer.
Porque hay puertas que merece la pena abrir.
Hay sueños que merecen un intento.
Hay palabras que merecen ser dichas.
Hay personas que merece la pena conocer.
Y hay caminos que nunca descubriremos si permanecemos siempre en el mismo lugar.
A veces, para descubrir lo que hay al otro lado, simplemente tenemos que atrevernos a dar el primer paso.
Si estas palabras te han recordado que muchas veces el miedo nos impide dar ese primer paso, quizá quieras leer también Al otro lado del miedo, una reflexión sobre atreverse a avanzar incluso cuando las piernas tiemblan.






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