Temía fracasar, hasta que comprendí que el verdadero fracaso es no intentarlo.
Temía lo que los demás pudieran pensar de mí, hasta que entendí que, hiciera lo que hiciera, siempre habría alguien dispuesto a opinar.
Temía ser rechazada, hasta que aprendí a confiar en mí misma y en Dios.
Temía al dolor, hasta que descubrí que algunas heridas también nos enseñan a crecer.
Temía a la verdad, hasta que comprendí que vivir entre mentiras duele mucho más.
Temía a la muerte, hasta que encontré una forma de entenderla como parte del misterio de la vida.
Temía al odio, hasta que comprendí que muchas veces nace de la ignorancia y del miedo.
Temía hacer el ridículo, hasta que aprendí a reírme de mí misma.
Temía hacerme mayor, hasta que descubrí que cada año también trae consigo nuevas experiencias y sabiduría.
Temía al pasado, hasta que comprendí que no podía cambiarlo y que ya no tenía por qué seguir haciéndome daño.
Temía a la oscuridad, hasta que descubrí la belleza de una estrella brillando en medio de ella.
Temía al cambio, hasta que comprendí que incluso la mariposa más hermosa necesita atravesar una transformación antes de aprender a volar.
Quizá crecer no consista en dejar de tener miedo, sino en aprender a caminar a pesar de él.
Porque muchas veces, justo detrás de aquello que más nos asusta, encontramos una parte de nosotros que todavía no conocíamos.
Y si alguna vez sentimos que nos faltan las fuerzas, recordemos que quizá el camino aún no ha terminado. Al final siempre puede haber algo más.





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