Donde las palabras encuentran calma y el corazón encuentra refugio. Porque siempre hay una reflexión capaz de iluminar un día. En la mayoría de las ocasiones las reflexiones nos sirven como meditación ante aquellas situaciones que parecerían un problema insalvable, nos hace más conscientes de que las cosas además de ser como son, también dependen de cómo las vivamos. Mis Reflexiones y Sentimientos es un lugar donde las palabras no buscan hacer ruido; buscan hacer compañía. Mi consejo es invitaros a leer las reflexiones muy poco a poco, incluso sólo una de cada vez, para poder saborearlas y asimilar así mejor su enseñanza.

  Náyade García Marrero


Carta a un hijo


Amar también es dejarte crecer, acompañarte y confiar en ti.

No puedo prometerte una vida sin caídas, pero sí puedo prometerte que siempre encontrarás en mí un lugar donde volver. Los hijos no vienen para quedarse siempre bajo nuestras alas. Vienen para aprender a volar con las suyas.


Cuando queremos a alguien, nuestro primer impulso es protegerlo de todo aquello que pueda hacerle daño. Pero amar a un hijo también significa comprender que llegará el momento en que tendrá que caminar con sus propios pies, tomar sus decisiones y aprender de sus propios errores.

No puedo prometerte una vida sin caídas, hijo, ni estar siempre delante de ti para evitar que tropieces. Quizá mi exceso de protección te impediría aprender por ti mismo. Pero sí puedo prometerte que estaré cerca para ayudarte a levantarte y cuidar tus heridas cuando lo necesites.

No puedo heredarte mi experiencia, porque la vida de cada persona es única y hay aprendizajes que solo pueden hacerse caminando el propio camino. Pero prometo estar disponible cuando necesites un consejo, una opinión o simplemente alguien que te escuche.

No puedo solucionar todos tus problemas, aunque muchas veces desearía poder hacerlo. La mayoría de las veces, las respuestas estarán en tus propias manos. Pero prometo acompañarte, escucharte y ayudarte a encontrar tu propio camino.

No puedo evitarte todos los sufrimientos. La vida también tiene momentos difíciles y algunos de ellos nos enseñan cosas que ninguna palabra podría enseñarnos. Pero prometo ofrecerte mi hombro cuando necesites descansar y mis brazos cuando necesites sentirte acompañado.

No puedo darte todo lo que quieras, porque tenerlo todo no es lo que hace feliz a una persona. Hay cosas que se desean y después pierden su importancia. Por eso intentaré enseñarte a valorar lo que realmente merece la pena y a distinguir entre lo que necesitas y aquello que simplemente deseas.

No puedo hacer que seas siempre el centro de mi atención, porque también existen otras responsabilidades, otras personas y otros aspectos de la vida que necesitan cuidado. Pero prometo buscar siempre un espacio para ti y hacerte sentir que eres importante.

No puedo prometerte que siempre estarás de acuerdo conmigo. Habrá momentos en los que mis palabras no te gustarán y decisiones que no comprenderás. Pero prometo corregirte sin humillarte, hablarte con respeto y recordar siempre que educar no significa imponer, sino ayudar a crecer.

No quiero convertirte en un niño que dependa de mí para todo. Quiero enseñarte a valerte por ti mismo, a tomar decisiones, a equivocarte y a aprender de tus errores.

Pero, por encima de todo, prometo que serás siempre mi hijo querido.

No puedo prometerte que estaré físicamente a tu lado durante toda tu vida. Nadie puede hacer esa promesa. Pero sí puedo intentar dejar en ti valores, recuerdos, enseñanzas y amor suficientes para que, incluso cuando no esté cerca, una parte de mí siga acompañándote.

Y tampoco prometo ser una madre perfecta.

Cometeré errores. Habrá momentos en los que no sabré qué decir o cómo actuar. Pero hay algo que sí puedo prometerte:

pondré todo mi amor en el intento.

Porque quizá ser madre no consista en evitarte todas las dificultades, sino en enseñarte que puedes enfrentarte a ellas.

No podré caminar siempre delante de ti apartando cada piedra del camino. Llegará un momento en que caminaré a tu lado; después, un poco más atrás… hasta que finalmente tengas que seguir tu propio camino.

Y cuando llegue ese día, tendré que aprender algo que para una madre no siempre resulta fácil:

dejarte volar.

Porque amar también es confiar.

Confiar en lo que has aprendido, en los valores que llevas contigo y en la persona en la que te has convertido.

Y aunque no pueda prometerte estar siempre físicamente a tu lado, sí quiero dejarte algo que pueda acompañarte toda la vida: la certeza de que fuiste profundamente amado.

Porque llega un momento en que nuestros hijos necesitan dejar el nido y descubrir su propio cielo. Y entonces comprendemos que todo aquello que hicimos para enseñarles a caminar tenía, en realidad, un propósito: que algún día pudieran hacerlo solos.

Reflexión final: 

Quizá ser madre o padre sea aprender, poco a poco, a soltar.

Primero les enseñamos a caminar y queremos sostenerlos en cada paso. Después les enseñamos a decidir, a equivocarse y a levantarse. Y un día, casi sin darnos cuenta, llega el momento de abrir las manos.

No porque dejemos de quererlos.

Sino precisamente porque los queremos lo suficiente para confiar en ellos.

Y cuando consiguen hacerlo, quizá podamos mirar atrás con una sonrisa y pensar que, con nuestros aciertos y nuestros errores, hicimos lo que pudimos: darles raíces para saber de dónde vienen y alas para descubrir hacia dónde quieren ir.

Si quieres seguir reflexionando sobre ese momento tan difícil y tan hermoso, te invito a leer "Tus hijos vuelan solos".



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