La felicidad también se construye poco a poco
Todos llevamos una copa entre las manos, aunque a veces olvidamos que somos nosotros quienes podemos decidir con qué llenarla. Quizá la felicidad no llegue de golpe, sino que se vaya construyendo poco a poco, con aquello que elegimos dar y recibir cada día.
La vida es como una copa de felicidad, pero nunca se nos entrega completamente llena.
Nos dan un sorbito de vez en cuando, y somos nosotros quienes tenemos que ir llenándola, gota a gota, cada día.
No pases la vida agitando tus desgracias, imaginando tragedias que quizá nunca lleguen o viviendo con miedo ante posibles males.
Nacemos para buscar la felicidad, pero también para crear momentos de felicidad, incluso en medio de la tristeza, los desencantos, los errores, las malas jugadas y esos imprevistos que forman parte de la vida.
La felicidad no siempre se encuentra en los bienes o en los placeres.
Muchas veces aparece cuando aprendemos a hacer las cosas con amor, a valorar lo que tenemos y a compartirlo con los demás.
No consiste en añorar constantemente aquello que nos falta, sino en aprender a reconocer y disfrutar aquello que sí forma parte de nuestra vida.
No vendas tu felicidad.
Regálala.
No busques fórmulas fáciles para encontrarla, porque sus ingredientes más importantes requieren tiempo y corazón:
Compartir lo que tienes.
Amar sin exigir.
Perdonar sin guardar rencor.
Aceptar sin pretender que todo sea perfecto.
Agradecer lo que recibes.
Y no rendirte nunca.
Todo tiene que ir encontrando su equilibrio.
Del panal, un poquito de miel.
Del mar, un poquito de sal.
De la vida, un toque de optimismo.
De la imaginación, algo de sueño.
Y de nuestro corazón, aquello que somos capaces de entregar.
A veces no somos felices porque esperamos que la vida nos entregue una copa llena, cuando quizá lo que nos corresponde es aprender a llenarla nosotros mismos.
Miramos el mundo como si fuera un lugar lleno de obstáculos.
Al camino empedrado como si fuera imposible recorrerlo.
A la mala suerte como una sombra que nos persigue.
Y a nuestros sueños como algo demasiado lejano para alcanzarlo.
Pero quizá la felicidad no consista en tener una vida sin dificultades.
Quizá consista en aprender a caminar a pesar de ellas, sin dejar de disfrutar de las pequeñas cosas que hacen que el camino merezca la pena.
Reflexión final
Nuestra copa no se llena de un solo golpe.
Se llena con pequeños momentos.
Con una conversación sincera.
Con una mano que nos ayuda.
Con una sonrisa inesperada.
Con un abrazo.
Con una tarde tranquila.
Con la satisfacción de haber hecho algo bueno por alguien.
Con la capacidad de agradecer incluso aquello que parece pequeño.
Y también con esos momentos en los que aprendemos a perdonar, a soltar y a seguir adelante.
Tal vez por eso la felicidad no sea un lugar al que llegamos, sino una manera de caminar.
No podemos evitar que algunos días derramen parte de nuestra copa.
Habrá pérdidas, decepciones y momentos en los que sentiremos que se ha quedado casi vacía.
Pero siempre podemos volver a llenarla.
Gota a gota.
Con esperanza.
Con amor.
Con gratitud.
Con pequeños gestos.
Con la decisión de seguir.
Porque quizá la vida no nos pregunte cuánto hemos conseguido acumular, sino cuánto amor, bondad y felicidad fuimos capaces de poner en nuestra copa y compartir con los demás.
Así que no esperes a que alguien venga a llenarla por ti.
Empieza hoy.
Y da mucho de ti mismo.
Porque muchas veces, cuando aprendemos a dar, descubrimos que la felicidad ya estaba creciendo dentro de nosotros.
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